Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: enero 2011

Sangre, Juan Jesús Garrido

“¿Qué sucede? ¿Dónde estoy?”
Intento moverme, noto una fuerte presión en los brazos y las piernas. Estoy atada
Intento ver, no puedo abrir los ojos. Estoy vendada.
Intento escuchar algo, pero ningún sonido llega hasta mis oídos.
"¡Tengo que escapar de aquí!" me dije a mi misma, empezando a ceder mi calma a una terrible tempestad. "Pero ¿cómo?"
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No puedo ni ver, ni oír, ni sentir. Trato de saborear algo que me de indicios de donde me encuentro, pero solo doy con mi boca reseca. La intranquilidad me embarga como un manto negro de oscuridad. Me propongo calmarme respirando hondo, pues mi mente está sintiendo una serie de emociones y a la vez ninguna las cuales me están empezando a turbar la mente. Aspiro, con el único sentido aun funcionando en mí, y noto un desagradable olor metálico entrando por mis vías respiratorias impregnando mis pulmones. Sangre.
El pánico cada vez hace más honor en mi interior, no entiendo nada, no sé nada.
El olor metálico solo puede ser sangre, y la sangre simboliza algo terrible.
Abro la boca para intentar gritar y que algún alma caritativa viniera a socorrerme, pero tengo la boca tan seca que apenas sale una diminuta mariposa, anhelando desesperadamente por encontrar una flor con la que saciar su apetito. El olor a sangre es cada vez más intenso, más fuerte, como si un río de aguas torrenciales se estuviera aproximando a cada segundo, arrasando con todo aquello que estuviera a su paso.
No podía más, mi corazón latía desesperado buscando una salida hacia aquella situación que él mismo desconocía, pero que sabía que no podía presagiar nada bueno.
Entonces, como si de un interruptor se tratase, mi oído se activó y empecé a oír unas voces que gritaban. Siento pánico, pues esas voces solo pueden ser de aquellos de los cuales era aquella sangre. Me dispuse a escuchar con atención para al menos descifrar lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Me sorprendió oír que las voces no emitían sonidos de dolor, ni de súplica, sino todo lo contrario; eran llantos de felicidad.
                "¿Amarán estar siendo asesinados?", me pregunté, ya no asustada sino tremendamente confusa.
Un minuto más tarde un segundo interruptor se acciona. La pesada venda se ha esfumado, empiezo a abrir los ojos y veo todo borroso cual nube de primavera se posa en el cielo amenazante. Cuando recobro un poco mi vista, veo a un extraño hombre vestido con una bata azul pasándome un diminuto ser a mis brazos. Pude comprobar que el tercer y último interruptor se accionó al notar como mis brazos, por pura intuición se extendieron para coger a la criatura.
¡Felicitaciones señora Elena! -me sonríe el señor embatado. ¡Es una niña!

Piedras rodantes, Arroyito Ferdinand

Mirar a través de las lágrimas
empujar al cometa fuera de su órbita
crear pensamientos en círculos y aprender en privado
Tal es la picadura que como sal persevera,
cegando a las viejas matemáticas,
rugiendo una repetición de espejos contra la hoja en blanco.
En una carrera contra las respuestas doy patadas frenético
Castigo con mi silencio a los rayos que danzan sin pruebas
La claridad recelosa señala a las estrellas como culpables
Una risa de fotones atraviesa como polen
un océano de distancia
y se escuda bajo de mi sombrero de paja
Los ojos inteligentes de la imaginación hacen que el misterio
del rey hueco encoja: un pájaro estático que me hace sudar,
bajo la corona de espinas, sobre mi calva.
En las manos corre el agua y en el centro de la arena
semillas hermafroditas se embalsaman,
se hunden como plomo en una tumba de ojos y uñas
Y en el culo de la tierra, el tiempo, lento, no se compadece de mí.
Llamado por voces lejanas me transporto,
con un ánimo de basura, contra la gravedad,
Salto al vacío y mis pies rígidos se hielan,
muestran la belleza de la escarcha transparente,
de las escamas de la culpa,
de la retórica binaria
de la fruta amarga.
Entre muebles antiguos los espejismos se dan por supuestos
y el aburrimiento llega a hacer bailar
al rinoceronte alrededor del hipopótamo,
al error alrededor de la soledad
al Rey alrededor de la inmensidad.
Las músicas de los violines
son onomatopeyas que, como agujas,
hacen retumbar los huesos
en un espacio
en que el insomnio no aleja al tiempo.
© Arroyito Ferdinand.

El pantano del renegado (El orgullo de ver crecer la hierba), Noemí Vallecillos

Hablar de pantanos me recuerda siempre irremediablemente la niebla espesa que acompañaba a Jack “el destripador” por las calles de Londres. No sé exactamente en qué intervalo de la infancia mi padre decidió apuntarme a clases de piragüismo a mí y a Serafín, mi hermano.

Mi padre era por entonces, porque ahora ya es otra cosa, un hombre de bigote amplio que tenía un retrato a carboncillo en el salón que le había hecho su amigo Pepe el pintor. Este retrato era mágico, porque te pusieras donde te pusieras en el salón, en el sillón de pana amarillo bajo el ventanal de rejas, en la mesa redonda de comedor, oɾɐqɐ ɐɔoq  o junto al cuadro de coches y semáforos revueltos de un tal Iván, siempre te miraba, y eso es una gran putada, porque si me ponía a estudiar y me distraía, ahí estaba mirándome, y cuanto más me acercaba a la pubertad más me incomodaba su retrato. No sé muy bien cómo se consigue ese efecto, pero creo que tiene que ver con mirar fijamente a la persona que te pinta. Y mi padre siempre, todavía ahora que es otra cosa, mira fijo y profundo.

Así que un sábado por la mañana el hombre del retrato nos llevó a mí y a Serafín con nuestros bocadillos de tortilla francesa y dos latas de coca-cola calientes, a recibir nuestra primera clase de piragüismo al Pantano del Renegado, ése que me recuerda a las nebulosas calles londinenses que acompañaban a Jack “el destripador”.

 Aunque hayan ya pasado por lo menos dos décadas de aquello, aún recuerdo la placentera sensación de estar ahí, en ese preciso statu quo, dentro de la piragua, con mi remo, tendida en medio del pantano, tocando el agua, adivinando las serpientes que Serafín decía que había bajo la superficie y que si me caía de la piragua me iban a comer el culo. Mi hermano siempre inventaba historias para darme miedo, como la de que las muñecas de porcelana la fabricaban con los ojos y los pelos de niñas muertas; pero esa historia no me daba miedo, al contrario, le pedí a mi madre una de esas muñecas, pero nunca me la compró.

Recuerdo que remar no me cansaba, pero me gustaba más quedarme quieta mirando y adivinando, tocando el agua como la cabeza de mi perro Chano que ya murió de viejo, deseando que del agua salieran serpientes, medusas, nautilus, Neptuno y el tiburón de Steven Spielberg. Entonces tentaba la piragua para caerme, con el mismo miedo curioso que me atrapa cuando me asomo ya de adulta a una ventana de un décimo piso. Y ese miedo curioso, esas serpientes verdes nadando con Neptuno y el tiburón ochentero me los metía entre las piernas, pariéndolos para dentro, porque sin saberlo, aunque lo sospechara, esos partos al cabo de los años llenarían muchos folios.

A la hora de comer, vino a recogernos mi padre, yo estaba sentada en el embarcadero tocando otra vez el agua como si fuera un animal doméstico, Serafín, ya casi en plena explosión hormonal disfrutaba de las endorfinas tras la sesión de piragüismo. Mi padre se puso a charlar con el profesor tras de mí, de repente, les interrumpí para señalarles algo en el agua. No recuerdo bien qué era lo que señalé, ¡mierda, mi memoria es muy débil!, seguro que el cannabis tiene la culpa. El caso es que algo señalé, y entonces el profesor, que en vez de bigote como mi padre tenía barba y era muy canijo, le dijo en voz alta para que yo lo oyera: “Esta niña ve crecer la hierba” El hombre del retrato sonrió, y su mirada ya no era como la del retrato, tenía más que ver con el orgullo. Se agachó y me dijo: “Éste es el mejor piropo que  nunca vas a oír”

Y yo hice una cosa que todavía hoy hago: apretar los muslos, porque cuando de repente siento que tengo un parto hacia dentro, siempre aprieto los muslos.
Foto: Noemí Vallecillos.

Soy la que no soy en cuanto pase este momento, Noemí Vallecillos


Soy un ruido de repente.
Soy un kilómetro cero constante que no puede escribir contigo por la casa.
Soy dos semanas en un agujero  que empieza en el Ambigú al mediodía y termina en el Utopía  de madrugada.
Soy la concordancia  entre el insomnio y la narcolepsia.
Soy la memoria que se me escurre entre los dedos,
una manifestación de hipocondríacos,
 un ramadán  secreto de culpas.
Soy ese miedo a vivir que detiene el tiempo para mirar.
Soy la campana sin lengua y el burka con labios,
 la que no se atreve,
la imaginación cristalizada.
Soy las preguntas compulsivas,
la que se consume fumándose un cigarro,
la que sobra cuando llora
y la que ríe las sobras.
Soy el hilo perdido,
la que se disgrega en la calle
y se congrega con piel.
Soy la que duda
y dudando  se salva.
Soy la que se hace invisible si te acercas mucho.
Soy la que no soy en cuanto pase este momento.