Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: febrero 2011

Lo que yo decía, Arroyito Ferdinand


Era un Boulle, había nacido en París y tenía doscientos ochenta y siete años. Su espléndida caja de carey y bronce dorado no hacía justicia a su cansado corazón de ejes, ruedecillas y escapes. Pero era precisamente esa cansada maquinaria interna la que recientemente le había dotado de una poderosa facultad: Desde hacía tres días podía ver el futuro.
Todos los demás alrededor, una treintena de piezas expuestas en el Salón Luis XV del museo, hacía precisamente tres días que habían dejado de mirarlo con buenos ojos. Quería decirles que no era culpa suya, pero de él sólo salían, impuntualmente, las mismas campanadas de siempre. Suponía que este derecho a despreciarlo se veía justificado por la venerable condición de todos ellos, pero en el fondo no lo consideraba justo.
Ninguno, incluido él mismo, hacía mucho más que yacer allí, bajo los últimos rayos del sol de la mañana colados por los ventanales, dejando pasar el tiempo lánguidamente. Bien podían sumar entre todos cinco milenios de edad, marcados segundo a segundo, hecho que precisamente los hacía únicos.
Pero, claro, la impuntualidad no está bien vista en El Palacio del Tiempo, ni tan siquiera si tus manecillas adelantan, mostrando por anticipado lo que va a ocurrir. Este fenómeno se había acumulado imperceptiblemente a lo largo de semanas, desde la última visita del relojero restaurador; pero sólo tres días antes se había vuelto flagrante y manifiesto: cinco minutos por adelantado.
El futuro se le vino encima una vez más, sin poder evitarlo; un futuro con forma de doce, redondo y rotundo como un sol sobre la cabeza, un futuro de mediodía. El minutero calado se encontró con la horaria en lo más alto, y un chasquido vaticinó toda la secuencia posterior: una palanca que se libera, una cuerda que se desenrolla, un molinillo que regula y un mecanismo de martillos que golpea sin perdón a las varillas musicales.
“¿Lo veis? ¿Lo veis? Este es el futuro”. Eso es lo que quería decir, pero sólo se escuchó su melodía de carrillón en la desierta sala, solitaria como un domingo. “¿No lo veis? Dentro de cinco minutos serán las doce. ¿No lo veis?” Y en su desesperación dijo a golpes lo que iba a venir. Lo dijo una vez con doce campadas, lo dijo doce veces con una campanada, lo dijo despacito, con espacio entre las notas recurrentes, con contundencia.
Una vez extinguida la reverberación del último dong contempló la reacción de los demás. Nada. Una vez más, nada. El Cartel con esfera de bronce, el Brackett de ébano, el reloj farol con numeración china, todos, prefirieron desdeñar la revelación que acababa de hacerles, manteniendo la hora presente. Decidieron ignorarla chasqueando entre dientes su tic tac. Mantuvieron su pose regia, aprendida durante siglos, y persistieron en su desdén. Pero lo habían oído, no podían fingirlo. Tanto era así que fueron acumulando la tensión en el aire, evitando conscientemente el anuncio que habían presenciado. Durante cinco minutos lo gestaron, lo acumularon y lo escondieron entre sus tripas de áncoras y rubíes. Y entonces todos respondieron a la vez, desatando una cacofonía de sonerías y campanas, un batiburrillo de notas que cumplieron lo que estaba escrito, escupiendo un maremágnum  de dings y dongs. Llenaron el salón del museo con anuncios de lo que él ya había sabido con anterioridad y había sido incapaz de comunicar.
“¿Lo veis? ¿Lo veis? Lo que yo decía”.
Esa era la reivindicación que bullía dentro de él, clamando por salir, pero una vez más no fue capaz de expresarlo por sí mismo.
Tuvo que esperar otros tres minutos, momento en el que entró el relojero restaurador. El hombre, tras dos semanas de ausencia, se acercó a él con la clara intención de librarlo de su facultad, de un don que a esas alturas ya sólo era un tormento. El reloj digital en su muñeca, atrasado tres minutos, como todo lo moderno, vino a rescatarlo y apoyó su anticuada profecía.
Bip bip, dijo.
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Érase una vez que se era... algo que no fue y ahora es, Reyes F. Lerate


Cenicienta olvida continuamente dónde ha metido el zapato de cristal. Su memoria, de repente, ya no es lo que era y al mirarse en el espejo, a penas es consciente de lo corto y apretado que se le ha quedado el vestido de fiesta.
Poco a poco, el paso del tiempo, le ha hecho abandonar los recuerdos de los festivales de lámparas gigantes y suelos brillantes. Su cabello se torna gris por minutos y lo soluciona colocando boca abajo el reloj, con la infantil esperanza de que el cuco vuelva a su cueva.
 Cuando la princesa olvidada se rinde ante el pesimismo, busca desesperadamente, restos de chocolate en la despensa, algo que los malditos ratones no hayan llegado a ensuciar con su envenenado egoísmo.
Oculta, bajo la ventana, escondida para que las esqueléticas figuras de sus hermanastras no puedan verla, roe con fruición hasta las últimas onzas de chocolate, volviendo sus dientes marrones y dejándole un sabor dulce que le advierte que ésa noche, dormirá de nuevo ajena, derrumbada sobre la cama como una roca inamovible.

Y cuando amanezca de nuevo, volverá a olvidar que su prisión no es más que la acomodada idea de que sigue siendo ese irracional reflejo.
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La historia de la sombra azul, Reyes F. Lerate

Fuente

Dicen que ya, desde el primer momento, corrí el peligro de morir al nacer, y disgustada por esto, decidí dormir para evitarlo.
Cuentan que mi infancia estuvo oculta, mi realidad mezclada con los recuerdos de mis juegos y que mis mundos fueron reales. Algunas voces se aventuran a afirmar que Alicia me secuestró, siendo ésa la razón de mi enamoramiento por la sonrisa de los gatos.
Escondida junto a ella, huí de las miradas ajenas y, supe quien era yo y quién quería llegar a ser.
Dicen que mi adolescencia, lágrima seca que desborda de un vaso medio vacío, llegó sin avisar. Cuentan que mis mundos me dieron la espalda o que yo le di la espalda a mis mundos, que olvidé a los gatos y con ellos, a sus sonrisas. Quise ser la excepción de todas las reglas.
Me convertí  en el ángel de las personas que necesitaban uno y en la fuerza de mi propia personalidad. Algunos susurran que volví a dormir, otros que nunca viví como entonces. Sin embargo, yo creo que viví durmiendo con la esperanza de despertar, como una mariposa envuelta en su propio capullo.
El día en el que desperté, el espejo me devolvió a Alicia y el miedo me heló la sangre. El desierto me advirtió de la ausencia de agua y yo me adentré en él, con la esperanza de que algún día llegaría al mar.
Pero el secreto del desierto no está en el lugar dónde se oculta el agua, sino en lo que aprendes hasta hallarla. Y la negativa de creencias me condujo hasta la creencia misma, llegando a pensar que me había vuelto loca con tanta redundancia.
Alicia no sólo me devolvió al País de las Maravillas, sino que también trajo de vuelta el amor por las sonrisas de los gatos, tiró el vaso de agua y dejó salir a la mariposa. De repente supe que yo era quien era. Y un día, sin haber tenido nada, lo tuve todo. 

Picaorejas, Serramón

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Es uno de los mayores depredadores del reino animal. En la cúspide de la pirámide alimenticia, este reptil de la familia de los saurios necesita ingerir al día alrededor de 160 kg de carne. Su hábitat se circunscribe a las regiones boscosas del África tropical, aunque está demostrada su presencia en Asia hasta mediados del siglo XVIII. Su peso oscila entre los 750 kg de las hembras hasta las 1,2 toneladas de los machos, aunque hay constancia de un ejemplar capturado en Zaire con un peso de 2 toneladas.
            Es una máquina de matar perfecta. Sus mandíbulas en forma de pico curvo, similar al de los buitres pero mucho más ancho, ejerce una fuerza sobre su presa de entre 3500 y 4000 kg. Su lengua es un músculo poderosísimo que puede lanzar a una distancia de 1,5 metros y sus afilados dientes se distribuyen en dos hileras de 48 piezas en cada una de las mandíbulas. Su muela carnicera es capaz de triturar un hueso sin el menor esfuerzo.
            En la parte superior de su cabeza posee 3 pares de ojos dispuestos en dos hileras desde el morro hasta la parte posterior de la misma. Estos ojos los puede mover de forma independiente con lo que recibe una información visual completa de su entorno.
            Es el único reptil que posee 6 patas. Estas extremidades son unos poderosísimos resortes que le permiten saltar sobre su presa, aunque es un animal lento y torpe en sus desplazamientos. Por eso su estrategia de caza consiste en el acecho, pudiendo permanecer durante horas totalmente inmóvil y enterrado en el barro hasta que una víctima  se aproxima a su posición. En las patas delanteras aparece un espolón de unos 15 cms. que utiliza para clavar a su presa y fijarla a la hora de asestar una mortal sacudida con sus mandíbulas.
            A ambos lados del cuello presenta una fuerte membrana que despliega ante un ataque o cuando se siente amenazado. Esta membrana aparece solo en los machos, utilizándola en su cortejo de apareamiento. Por el lado interior está adornada con vivos colores y, al desplegarse, despide un acre olor que atrae a las hembras.
            Su piel está compuesta por aceradas escamas que le permiten una magnífica protección contra cualquier ataque. Su cola es bífida, plana y está compuesta por poderosos músculos. Utiliza esta cola como punto de apoyo extra y como resorte a la hora de saltar sobre su presa.
            Este reptil recibe el nombre de Picaorejas debido a sus costumbres alimenticias, ya que devora por completo a sus presas, incluido hueso, pelo y uña, dejando solamente las orejas, las cuales mordisquea ligeramente. Se estima que quedan unas 30 parejas en libertad de Picaorejas en el mundo.

El silencio del león nocturno, Reyes F. Lerate


Era una chiquilla de piel oscura y labios gruesos, según el maletín desgastado que llevaba agarrado, respondía al nombre de Yulienne.
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Al entrar en casa, lo primero que hizo fue mirarlo todo con una terrible curiosidad. Luego, cuando me siguió hasta la cocina y vio el lavabo, su rostro cambió de color y salieran fuegos artificiales de sus ojos. Durante horas, lo único que hizo en casa, fue abrir y cerrar el grifo mientras, con fascinación, contemplaba el agua salir y escurrirse hasta el suelo.
Aquella primera noche, papá repitió una y otra vez la misma pregunta, hasta que  finalmente, ella clavó sus ojos negros en él y dijo “morts”. Yo, aunque no sabía francés, entendí qué quería decir aquella palabra.
Sumida en el silencio que Yulienne había traído a mi hogar, me retiré de la mesa y subí a mi dormitorio, saqué la pequeñita cama auxiliar para invitados y la coloqué junto a la mía.

Aquella fue la primera de las muchas noches que pasamos juntas. Ella, con el brazo extendido fuera de la cama, con la mano muy abierta en dirección a mí.

Mi huella de carmín, Reyes F. Lerate

Creo en disfrutar de cada minuto que marca el reloj,
en unos tacones rojos en mitad de la tormenta,
y en la huella de carmín en el espejo.
Creo en una carcajada limpia a primera hora de la mañana,
en el sonido y el sabor de un beso.
Creo en sumergirme en el agua caliente de una bañera en pleno invierno,
en el cantar de un canario nada más amanecer,
 Y en el silencio.
Creo en los gatos negros, en que son para mí como conejos blancos,
que mi nombre es mi mejor descripción,
y que seguiré olvidando el paraguas.
Creo en los cielos azules y en los mares eternos,
en que me habría gustado aprender a montar en bicicleta,
y en el viento de otoño.
Creo en los coches de época,
en la sonrisa de un desconocido,
y en la eternidad de las palabras.
Creo en árboles que crecen sin limitaciones,
en sus hojas amarillas,
y en mis hojas garabateadas.
Creo en los pinceles manchados con  pintura seca,
en la voz que supera a las demás.
en el suspiro de las noches de invierno,
y en el temblor de una mano anciana.
Creo en mí y en todo lo que a mí puede creerme.
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