Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: marzo 2012

Soy un interrogante viajero, Nuria Rodón Ortiz

Soy un interrogante viajero. Voy en caravana detrás de pequeñas y grandes dudas.
¿Cuánto falta para llegar a la respuesta?, suelo preguntarme una y otra vez. Aviso con el claxon, y si no la encuentro no abandono la pista a pesar de que haya obstáculos. Son varias las vías por las que tengo que viajar, porque mi inquietud supera a la dejadez y con el ansia de saber procuro no atropellar a nadie. Sorteo sospechas para llegar a mi destino, partiendo de mi ignorancia, y me ayudo de la curiosidad con mis faros antiniebla para despejar cualquier incógnita. Si encuentro un perro en mi itinerario lo esquivo preguntándome el por qué de su sino, y si me topo con un accidente me pregunto: cómo, cuántos... por qué. No aparco hasta encontrar un sitio donde pueda estacionar en un razonamiento puro, donde pueda evitar la niebla que no deja ver ,y luego, en mi casa, en la calle, en los bosques y en el mar, suenan silbidos que podrían ser la verdadera contestación a mi pregunta...
Como interrogante viajero que soy no puedo saber cuándo empieza y cuándo acaba mi viaje, si es el principio o el final, si un sí o un no, si blanco o negro. Quisiera que la respuesta fuese la mitad, un quizás, un bonito gris, pero no los extremos, no; odio los extremos. Mi naturaleza se basa en ellos para vivir sin orden, sin mesura, caprichosamente que, como el hielo al fuego teme, yo temo a los dos por igual, con la misma rabia, con la impotencia de un hombre sentenciado a muerte sin haber cometido un delito. Hace falta serenidad para responder, y lo digo como quien dice que “hace falta saber para comprender”, porque la ansiedad no mantiene la distancia de seguridad: cuanto más bajo la marcha menos avanzo y los virajes a la derecha o a la izquierda son peligrosos, malditos virajes. Alguien dijo: “en el término medio está la virtud”, otros piensan: “los mediocres son la decepción de las artes” y yo me aplico para ser virtuosa, que no mediocre, aunque pudiera ser...

Como el título es libre, aquí digo que no se lea, sino es por obligación, tan horrorosa historia de desdicha y aflicción, Rodolfo Garrotín

No soy quien tú crees que soy

Soy,
aquí y
ahora, ya,
un humano
angustiadísimo
por tener que rellenar
con líneas en ¿equilátero?
folio y pico hasta conseguir la
ocupación, al menos, de una entera
y completa sin perder el argumento de
una historia coherente para que quien la
lea no exclame maldiciendo al escribiente, pobre
víctima del sistema, que aborrece a Natalie Goldberg
por loca, perversa y sádica, cuya frustración paga con este
aprendiz de todo, maestro de nada y ya nonato escritor que,
después de esto, abandona para siempre la inquietud porque,
de lo contrario, la inquietud acabará con él mucho antes de tiempo.
Es intolerable someterse de modo voluntario a esta tortura inhumana
y estoy que trino porque decidí un día lejano que mi ocio sería, ante todo,
placentero, y no doloroso ni grosero, para con quien, como yo, brioso en los
comienzos, busca que te busca mover el intelecto pero sin sufrimiento forastero,
o sea, ajeno a mi modo de entender la vida, selecto, o forzadamente impuesto por
una lunática y horripilante mujer que con sus prácticas desborda mis pacíficos relatos.
Ahora, que a la línea completa he llegado, veo las cosas distintas, son más de mi agrado,
aunque toca desde aquí seguir achicando el espacio para acabar en un soy, tan solitario
y discreto como el pobre sirviente de la posada del sevillano, que pasó desapercibido,
y despojado de su rango, hasta que el padre de la ilustre fregona, después de aclarar
el entuerto, decidió conceder su mano en la fiesta del reencuentro castellano, que
tuvo lugar en Toledo, o si acaso en su provincia, con alegría desbordada de los
que allí presenciaron el fugaz acontecimiento de un enamoramiento muy raro.
A medida que la línea mengua, más me acuerdo de Natalie, o para ser más
exactos, de Natalie y su estirpe, causantes de mi desasosiego por existir
permitirle, pues hubiera bastado un poquito de prudencia para evitar la
secuencia que generó el alumbramiento de tan ruin escritora, causa de
mis tormentos y origen de mi aflicción justamente en este momento.
Cómo será el sentimiento que la señora me provoca que no tengo
más remedio que acudir al pareado, para llegar al final cuerdo y
no tarado, pues, ya lo dijo Cervantes hablando de la poesía, no
es esa la gracia que el cielo me daría y, digo yo, no volveré a
practicar ni aunque de perros salvajes me persiga una jauría.
Sólo deseo, por tanto, llegar a la cincuenta y pico y, si yo lo
consiguiera, quedaría satisfecho, feliz, tranquilo y redimido.
Ya va quedando menos, si mal no hice el recuento, para de
una vez por todas, acabar con el sufrimiento que me da
tanto lamento y es que, por más que lo intento, no me
vale de consuelo la bondad del invento que la mala
de Natalie ha diseñado exclusivamente para jod...
Me callo, que ya termino con este ejercicio de
terror tan supino y me despido de todos para
ingresar, de momento, en la unidad de locos
del hospital más cercano, que la cama está
preparada para acoger a este orate de tan
poca resistencia ante el acoso y remate
de quien, por aburrimiento, consiente
acabar con la paz y tranquilidad de
un doliente que no sabía donde
entraba y que ahora atrapado
busca la salida para llegar
como pueda al inicio de
tan cruento recado; y
os recuerdo lectores
que así nunca fui,
que yo sólo un
mandado
soy.

Mi mundo es morado chill out, Rodolfo Garrotín

Hola cursilería
Una labor como la de describir el espacio en el que desarrollo el proceso creativo, y la génesis del proceso mismo, me exige abandonar, aunque sólo sea en el comienzo, mi recurrente estilo frívolo para penetrar en las profundidades de lo sustancial. Si no lo hiciera, no podría afirmar seriamente que mi mundo es morado chill out.


Mi mundo sí, mi mundo. Cuando escribo, abandono el globo terráqueo y me encierro en mi pequeño planeta, que mide, aproximadamente, dieciocho metros cuadrados. Este mundo, como el de verdad, tiene también animales y plantas. Y tiene estrellas, sol y luna, la Virgen y San José y el Niño que está en la cuna. Lo tiene todo.
Mi mundo tiene dos paredes de pladur, una de ladrillo enfoscada con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes y otra de cristal. Las paredes de pladur y la de ladrillo enfoscada con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes están pintadas de un morado relajante. Por eso mi mundo es morado chill out.
En mi mundo soy dichoso. En este planeta me abandono a la imaginación y sueño despierto la prosa que a través de mis dedos índices queda plasmada para siempre en la memoria de mi fiel compañero, ese que casi nunca me falla y que, cuando lo hace, deseo ver muerto. Mi relación con el ordenador es bipolar. Casi siempre lo adoro aunque a veces le odie. Por cierto, se llama Dell.
Aquí, en el lugar en el que ahora estoy, tengo todo lo que necesito para ser feliz. Tengo agua y alimentos para el cuerpo y para el alma. Tengo a mi amor lo suficientemente cerca como para percibir su aroma a flores. Pero sobre todo, tengo paz. Mi alma está quieta y nada me perturba. Por eso pueden fluir mis pensamientos libremente, como la corriente del río cuando busca el mar y yo camino indiferente allí donde me quiera llevar.
¡Ah! Me encanta mi mundo.

Adiós cursilería. Hola (otra vez) frivolidad
Bien, volvamos a la ligereza de siempre. Yo escribo en el despacho del trabajo. Escribo aquí porque me he habituado a hacerlo justo al acabar la jornada mañanera cuando el teléfono deja de sonar y la gente cesa de entrar.
Lo cierto es que me resulta un lugar cómodo para escribir porque, a esta hora, no hay nada que me moleste. Es una gozada poder estar centrado en una actividad sin nada que la interrumpa. Una de las cosas que menos me gusta de los tiempos en que vivimos es que tenemos demasiados estímulos alrededor. El correo electrónico, el teléfono, los mensajes, el twitter, el whatsapp... Es difícil que con todas estas cosas pueda uno encontrar un rato al día para pensar y escribir.
Aquí, a esta hora, dichos estímulos desaparecen y puedo pensar y transcribir lo que pienso. Me gusta escribir aquí y a esta hora. Y es curioso pero puedo permanecer sentado hasta que no tenga nada más que decir aunque ello me lleve mucho tiempo. Digo curioso porque, por lo general, me cuesta estar sentado en esta mesa más de quince minutos seguidos. Salvo para escribir.
En mi mundo, hay dos estanterías frente a mí apoyadas sobre una de las paredes de pladur. Son estanterías de metal de color gris. En la de la derecha, más alta, tengo decenas de carpetas apiladas. Cualquiera diría que están desordenadas, pero no. Sé perfectamente dónde está cada cosa. En la de la izquierda, más baja que la otra, tengo libros y, sobre su techo, un calendario del año 2007, una ortofoto de Cádiz enrollada y lo que queda de mi bonsái.
Mi bonsái era un ficus enano que llegó a mi vida un mes de enero de hace varios años. En una de sus ramitas traía colgada una etiqueta.

INSTRUCCIONES PARA UNA PERFECTA CONSERVACIÓN: SUMERGIR LA MACETA EN OTRO RECIPIENTE MAYOR CON AGUA DOS VECES A LA SEMANA DURANTE CINCO MINUTOS. PULVERIZAR AGUA SOBRE SUS HOJAS UN DÍA A LA SEMANA. PROTEGER DE LA EXPOSICIÓN DIRECTA A LOS RAYOS DEL SOL Y A LAS FUENTES DE CALOR ARTIFICIAL


INSTRUCTIONS FOR OPTIMUM STORAGE: IMMERSION THE POT IN ANOTHER CONTAINER WITH WATER TWO TIMES A WEEK FOR FIVE MINUTES. SPRAY WATER ON ITS LEAVES ONE DAY A WEEK. PROTECT FROM EXPOSURE TO DIRECT SUNLIGHT AND ARTIFICIAL HEAT SOURCES


BONSÁIS CLEMENTE

VENTOSA DE PISUERGA (PALENCIA)

Se ve que el encargado de traducir el texto de la etiqueta al inglés usó Google.
De modo inmediato, le cogí cariño al bonsái. El arbolito formaba con sus hojas una especie de capuchón frondoso de color verde. Me inspiraba tanta ternura que procuraba aplicarle los más delicados cuidados.
Acudí a una tienda cercana, regentada por unos señores que parecían ser del muy lejano oriente, y compré una fiambrera de plástico, lo suficientemente grande como para que la maceta cupiese dentro, y un pulverizador, también de plástico. Gasté en ambas cosas casi dos euros. Una minucia comparado con lo que merecía mi arbolito. Todos los lunes y jueves, de modo invariable, sumergía el bonsái durante cinco minutos, cero segundos, cero centésimas y cero milésimas de segundo para hidratarlo. Adquirí una extraordinaria destreza en el manejo del cronómetro. Todos los miércoles rigurosamente aplicaba agua pulverizada sobre sus delicadas hojas.
A falta de otro ser vivo, concretamente de un mamífero que anda sobre dos piernas, tiene pensamientos insondables y que pertenece al sexo femenino, el bonsái se llevó todos mis mimos durante largos meses. La motivación principal para acudir al trabajo era él. Deseaba con todas las fuerzas que amaneciera el lunes para ir al encuentro de mi minúsculo árbol. Aquello era amor de verdad.
Estoy seguro de que cualquier mamífero que anda sobre dos piernas, tiene pensamientos insondables y que pertenece al sexo femenino hubiera deseado ser aquél bonsái. Cuando digo cualquier quiero decir cualquier. Nunca traté a nadie como a mi amada planta. Vivía por y para ella.
Llegó el día 31 de julio de aquel año y con él la despedida antes de las vacaciones.
—No te preocupes –le dije – sólo serán treinta días. Se me harán eternos, pero el tiempo pasa muy deprisa. Te dejo dentro de la fiambrera, que está repleta de agua, y ocúpate de absorber sólo la que necesites en cada momento. No te atragantes que después lo pasas mal. Prometo que lo primero que haré a la vuelta será pulverizar agua fresca en tus hojas. Vigila, mientras tanto, a todo el que entre de mi despacho y ya me contarás. Te quiero, ficus.
Él no me respondió, pero no lo observé quejoso ni indiferente. Derramé una lágrima y él una hojita verde. Cerré la puerta tras dirigir una última mirada y me marché.
El 1 de septiembre tocó reincorporarse al trabajo y, con ello, pasar por el duro trance de comprobar que mi bonsái, mi querido ficus, había dejado de existir. La vida en ocasiones nos coloca en trances verdaderamente trágicos que deben digerirse con la mayor entereza. Sin embargo, ante la estampa del esqueleto de lo que había sido un frondoso arbolito japonés me derrumbé completamente y de un solo golpe.
No pude mantener la compostura. Lloré por él amargamente durante varios días. Me sentí culpable porque aquél árbol no hubiera seguido mis instrucciones. Y más culpable todavía por no seguir yo las de Bonsáis Clemente. En efecto, el reverso de la etiqueta decía:

¡ATENCIÓN! SI VA A AUSENTARSE DURANTE UN PERÍODO PROLONGADO DE TIEMPO, NO DEJE SUMERGIDA LA PLANTA DURANTE LA AUSENCIA. SE PUDREN LAS RAÍCES

ATTENTION! IF YOU LEAVE FOR A PROLONGED PERIOD OF TIME, DO NOT LEAVE SUBMERGED PLANT DURING THE ABSENCE. ROOTS ROT

¡Malditos sean los reversos de las etiquetas y maldita sea la letra pequeña!
En honor a su memoria, y puesto que no he encontrado cementerios de bonsáis, decidí momificarlo y dejar expuestos sus restos ante mí.

A la izquierda de las estanterías, justo en la esquina que forma una de las paredes de pladur con la de ladrillo enfoscado con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes, hay un perchero donde hacen guardia de permanencia cuatro corbatas y tres americanas. Están siempre dispuestas para ser usadas cuando el momento lo requiere. Las corbatas son siempre las mismas. Las americanas las cambio según la época del año en la que estemos.
La mudanza de chaquetas , por cierto, constituye un acontecimiento siempre traumático, como todas las mudanzas. He vivido ya unos cuantos cambios de casa en mi vida y siempre pienso lo mismo: es una pena no ser rico para pagar a una empresa lo que tenga a bien pedirme, a cambio de encontrar en mi nuevo hogar todo tal y como estaba en el antiguo. Las mudanzas y traslados me generan, entre otras cosas, ansiedad, insomnio, pérdida de apetito, micropsia , irascibilidad, llantos incomprensibles y, sobre todas las cosas, una profunda incomodidad. Es la peor tarea del mundo junto con la de hacer la cama.
La mudanza de chaquetas de guardia no es diferente. Si tengo que cambiar las de verano por las invierno, cuando llega el frío, es obligado que realice una dolorosa combinación. Por las mañanas, salgo de casa en mangas de camisa y voy en moto al trabajo. A la hora de volver a casa, me enfundo la chaqueta de verano y cuando llego la cuelgo en su armario. Sólo cuando las tres americanas de verano están debidamente guardadas en casa comienzo a trasladar al despacho las de invierno a razón de una diaria. Como es evidente, cojo un monumental catarro por cada paseo en moto en mangas de camisa. Debido a que cada resfriado me dura una semana, completo la mudanza en tres semanas. Cualquier año de estos no podré contarlo.
Cuando he de cambiar las de invierno por las de verano, con los primeros calores voy cómodamente en mangas de camisa al trabajo y, a la vuelta, me coloco las gruesas chaquetas de pana, paño o lana para dejarlas en casa. Como la deshidratación extrema se cura antes que el catarro severo, sólo tardo semana y media en acabar el traslado.

Entre mi mesa de trabajo y las estanterías hay una mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo. La mesa redonda tiene una gran utilidad. Originariamente su destino era el de celebrar pequeñas reuniones. Sin embargo, odio las reuniones. Las de trabajo, claro.
Las reuniones no sirven para nada. Te sientas, preguntas por la familia de los interlocutores incluso aunque para ti carezca del más mínimo interés, los interlocutores te preguntan por tu familia incluso aunque para ellos carezca del más mínimo interés, se producen largas exposiciones teóricas sobre la naturaleza de cosas rarísimas, se intercambian expresiones corteses sobre la perspicacia, inteligencia y fineza de los sucesivos oradores y se concluye con un “seguiremos hablando”. Una reunión es el mismísimo paradigma de la ineficiencia.
Con el tiempo, he aprendido a desarrollar la habilidad de evitar la celebración de reuniones. Si son con la jerarquía, en sustitución de las reuniones pido órdenes claras. Si son con los iguales, sustituimos las reuniones en la mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo por la barra de un bar. ¡Qué frivolidad!
Por eso, la mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo sirve ahora para abandonar cosas de la más variada índole y para que los ácaros vivan cómodamente. Desde que murió el bonsái, me hacen compañía y yo a ellos.
Tras del lugar en que me siento, hay un armario apoyado sobre la otra pared de pladur. En ese armario hay cientos de cosas de ignorado propietario. Lo heredé del anterior ocupante del despacho y sólo lo he abierto para guardar en él el kit del tetero que compré por amor.
Yo por amor hago muchas cosas. Me encanta enamorarme y enamorar. Genera una sensación muy agradable. Me gustaría estar en permanente estado de idilio, pero las mujeres no saben enamorarse de mí ni se dejan amar como a mí me gusta. Llega un momento en que no sé qué les ocurre pero lo cierto es que cambian y dejo de admirarlas. Y en el fin de la admiración está el fin del amor. ¡Qué doloroso es el fin del amor!
Esta repetitiva circunstancia la vivo ya con resignación. Nunca encontraré una mujer que mantenga viva la llama de mi interés. La única mujer que podría conseguirlo, como alguna que otra antes, ni siquiera quiere ser amada por mí y se alejó en cuanto intuyó mi agrado por ella.
Tendré que arrancarme el corazón.

El kit del tetero que compré por amor se compone de
1. una taza;
2. té a granel de tres clases distintas: té verde, té especiado y té antigripal. El té antigripal no sé muy bien que hierba lleva pero la amable señora que me lo vendió aseguró que daba resultados. Será casualidad, pero lo cierto es que este invierno sólo me he resfriado las tres veces reglamentarias en la anual mudanza de chaquetas;
3. bolsitas de papel para hacer la infusión; y
4. una especie de cuchara pequeña, más honda de lo habitual, para introducir el té en las bolsitas. No sé que nombre tiene y por eso le llamo “especie de cuchara pequeña más honda de lo habitual”. La amable señora que me la vendió dijo que la medida exacta para cada infusión era de dos cucharadas rasuradas de té. ¡Qué manía la de establecer reglas hasta para preparar una infusión! El té es como el amor, no tiene reglas.
Desde que se fue el frío, y por estar guardado en el armario el kit del tetero que compré por amor, raro es el día en que me acuerdo de él y me preparo infusiones.
Una pena, porque están muy ricas.

Mi mesa de trabajo tiene cinco patas, que nadie pregunte la razón, y dos partes que forman un ángulo recto. La primera, de espaldas a la pared de ladrillo enfoscado con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes y frente a la pared de cristal, sirve para acumular papeles, agendas que nunca uso por no resignarme a la infidelidad de mi memoria (tengo agendas desde el año 2004 para acá) y libros con leyes varias. Debe haber también, debajo de todas esas cosas, una grapadora. Como nunca me molesto en buscarla, uso siempre la del compañero que habita el despacho contiguo.
Ahora que lo pienso, la pereza es la que me obliga acudir al vecino en vez de buscar la grapadora entre tanto caos y no sé si debería declararlo públicamente. Podría menoscabar mi buen nombre. Y ahora que pienso más, puede que cualquier día me diagnostiquen el Síndrome de Diógenes. Trataré de solventarlo.
La otra parte de la mesa de trabajo está en perpendicular a la anterior y de frente a una de las paredes de pladur, esa en la que están las dos estanterías de metal y el perchero. Su función en este mundo es la de sostener el ordenador con su teclado, su pantalla y su ratón, el teléfono, el cubilete de los bolígrafos, un aro de cinta de embalar y una botella de agua de litro y medio. Procuro beber dos botellas completas diariamente, una por la mañana y otra por la tarde.
Al otro lado de esta parte de la mesa, una silla tapizada en rojo sirve para descanso de mis piernas. El médico, en una de las pocas veces en que nos hemos visto cara a cara, me recomendó tener las piernas en alto para facilitar la circulación de la sangre debido a un pequeño problema que padecí. El problema se fue pero descubrí cuan a gusto estaba así y decidí mantener tan saludable costumbre.
El proceso creativo es muy breve, señal inequívoca de que estoy equivocado: alzo mis piernas sobre la silla tapizada en rojo, me dejo caer sobre el respaldo de la silla en la que me siento y abro dos ventanas en la pantalla del ordenador. Una, la del documento Word en el que escribo. La otra, la página de la Real Academia de la Lengua, que me permite acudir al diccionario y resolver dudas ortográficas.
A continuación, acudo imaginariamente al tema propuesto, miro fijamente a la pared de pladur y me sumerjo en mi mundo morado chill out para empezar a aporrear teclas y escribir palabras a discreción...

Ah pero ¿yo escribo?, Rodolfo Garrotín

"El traje nuevo del emprendedor", Guridi (http://guridi.blogspot.com.es/)

1.- Consideración previa
El título del presente ensayo responde a una premisa que para mí resulta fundamental: escribir es una cosa muy seria.
Por consiguiente, tal y como razonaré, los argumentos que expongo a continuación parten, con toda seguridad, del terreno de la probabilidad y la incertidumbre y no de la realidad misma pues tengo serias dudas de que, a día de hoy, pueda afirmarse con rotundidad que yo escriba. Tan es así que, en lo sucesivo, tome el lector con extraordinaria prudencia cada una de mis afirmaciones.
Escribir es una actividad que puede responder a diversas motivaciones y que, según parece, está dirigida a cumplir el único fin de comunicar. Esto implica que responder a la pregunta de por qué escribo exige atender al análisis de las motivaciones (la percepción subjetiva de la causa que me empuja a escribir) y no al análisis del fin (el elemento objetivo al que está dirigida la escritura).
Respecto de éste último, lo cierto es que no sería capaz de determinarlo (de ahí que escribiese “según parece” y que, por el momento, acepte sin discusión como fin de la escritura la comunicación) por dos razones fundamentales: la primera, porque a veces no es fácil deslindar el fin de la motivación; la segunda, porque la comunicación como único fin de la escritura es para mí un concepto de aprendizaje reciente. Con anterioridad, puede que por la dificultad de deslindar motivación y fin, por la simpleza de la reflexión sobre la cuestión o por pura ignorancia, hubiera pensado en cuestiones tales como el entretenimiento, la satisfacción de la curiosidad o la necesidad de aprendizaje.
En fin, es posible que el hecho de no considerar como fin de la escritura la comunicación pudiera también deberse a que nunca me aproximé a la cuestión desde la óptica del escritor sino desde la del lector.
Precisamente porque mi mentalidad es ésta, la de lector, no deja de ser chocante responder a una pregunta como la que propone el ejercicio de modo que deberé abordar el resultado de la reflexión previa transformación del rol habitual al objeto de poder adentrarme adecuadamente en el campo de las motivaciones.
No es fácil este intercambio de papeles. Primeramente porque si exceptuamos del ámbito del presente ensayo, como parece necesario, la escritura como instrumento puesto al servicio del desarrollo del quehacer profesional, he de decir que más allá de la actividad laboral que desempeño mi experiencia como escritor es igual a cero.
Por otro lado, porque el hecho de iniciar, a través del taller, un acercamiento a la escritura creativa desde la óptica del escritor no me convierte automáticamente en uno de estos.
Así, el presente ensayo tratará de explicar las motivaciones que me empujan a escribir, si es que yo escribiese, o, lo que es lo mismo, la causa de que yo me haya acercado, aunque sea idealmente, al mundo de la escritura desde la perspectiva del autor y no del lector.
Naturalmente, el adentrarnos en el campo de lo subjetivo exige atender, a la hora de ofrecer una explicación personal de por qué escribo, no sólo a pensamientos más o menos racionales sino también a cuestiones de índole sentimental, emocional o puramente instintivas.
Debe tenerse presente que, en algunos casos, la acción viene precedida de la idea de hacer algo. En otras ocasiones, por el contrario, hacemos las cosas porque sí y sólo después de hechas podemos identificar la causa que motiva la acción pudiendo o no estar dicha causa vinculada con una idea previa.
Por tanto, puede que detrás de la acción haya:
• Un proceso de pensamiento racional madurado de modo consciente.
• Un proceso de pensamiento automático en el que el pensamiento mismo pase desapercibido hasta el punto de que quede disimulada su existencia.
• Un impulso cuyo origen no esté en el mundo del pensamiento sino en otro lugar (el sentimiento, la sensación, el estado anímico, el puro instinto...) cuya existencia podremos identificar o no con posterioridad a la acción.
• Un pensamiento seguido por un impulso que conduzca a la ejecución de aquél.
Ello convierte la cuestión a la que pretende responder el ensayo en una actividad ciertamente compleja en cuanto que supone expresar motivaciones intelectuales y no intelectuales, siendo así que la separación de unas y otras no está a veces muy clara.
Quiere todo lo anterior decir que la exposición estará llena de motivaciones de distinto tipo sin seguir la sistemática trazada de pensamientos madurados, pensamientos disimulados, impulsos y combinación de todos los anteriores.

2. Meollo
Siempre he envidiado el talento de los buenos escritores. Escribir una buena obra, sea cual sea el género, debe ser una empresa preñada de dificultades. Es preciso combinar ingenio en la elección del tema, ingenio en su exteriorización y una técnica adecuada. La técnica, como casi todas las técnicas, quizá puede aprenderse. Sin embargo, el ingenio no.
El ingenio es una cualidad con la que se nace. Igual que nacemos rubios, altos o narigudos, nacemos con ingenio o sin él. Y he de confesar que tras la lectura de una buena obra lo que más me admira es el ingenio de quien la escribe, el talento del autor. Es frecuente que al finalizar la lectura de un buen libro piense que ni en cien vidas que viviese sería yo capaz de inventar una historia semejante.
El correlato a la admiración que en mí, como lector, causa una buena obra debe ser la satisfacción que siente el autor. No obstante, he de reconocer que la expectativa de ser un buen escritor es en mi caso inexistente. Puesto que la escritura es, a mi ver, una labor difícil y admirable, constituye para mí todo un reto escribir y tratar de hacerlo decentemente, pero no ser un buen escritor pues para ello hace falta condición natural.
Yo creo que la inquietud es hija de la dificultad. El reto, por su parte, es hijo de la inquietud y, como fácilmente podrá comprenderse, nieto de la dificultad. La satisfacción es hija del reto, nieta de la inquietud y bisnieta de la dificultad.
Abstractamente, la dificultad estriba en intentar hacer algo interesante y de calidad. La inquietud, en averiguar lo que resulta preciso para hacerlo. El reto, en conseguirlo. La satisfacción es la placentera sensación que queda tras haberlo conseguido.
Este planteamiento, en mi caso, quiebra en lo que a la escritura se refiere. Lo cierto es que la inquietud sigue teniendo madre, pero el reto murió de inanición y dejó huérfana a la satisfacción, aunque nunca se sabe si los muertos pueden revivir.
La única expectativa que me impulsa a escribir, o a aprender a escribir, es la de conocer cuáles son los instrumentos necesarios para tan difícil arte. Y es que, como decía, la escritura exige una cualidad esencial como es el ingenio.
En cualquier caso, en las personas que, como yo, son desesperadamente perezosas, la dificultad, el reto, la inquietud y la satisfacción no son capaces de caminar por sí solas. Necesitan una chispa que las ponga a funcionar. Muchas veces en la vida tuve intención de comenzar a escribir (o a aprender a escribir) y nunca lo hice.
La pereza es un lastre. Mil ideas bullen en la cabeza, muchas curiosidades existen por satisfacer y, en cambio, muy poca disposición hay de comenzar a caminar. En los grandes hombres la pereza es un fantasma que, de cuando en cuando, aparece en alguna pesadilla. En los mediocres, la pereza es una sombra que se manifiesta continuamente, de día por efecto del sol y de noche por causa de las farolas y de las lámparas. Siempre les acompaña.
Excepcionalmente, el perezoso encuentra el modo de desembarazarse de la pereza. Le da esquinazo y la aparta para hacer algunas cosas. Y consigue deshacerse de ella por la súbita aparición de un impulso irrefrenable que le permite correr más deprisa que a la sombra.
Cuando dicho impulso aparece se produce una gratificante sensación. La pereza esclaviza. Su apartamiento es una liberación para el perezoso porque ahí descubre éste la libertad. Es una libertad interina, eso sí, porque la pereza nunca descansa en la búsqueda del perezoso. Cuando más relajado se encuentra éste después de esquivarla se la vuelve a encontrar sin previo aviso.
Con la escritura, he sentido el impulso. He conseguido deshacerme de la siniestra sombra aunque mantengo la alerta por si acaso. Me ha conseguido atrapar tantas veces después de creerme liberado de ella que ya no me fío nada. Puede volver a aparecer en cualquier momento.
El impulso, en fin, tiene apellidos. En unos casos es el honor, en otros es el deseo, la fama, la necesidad, la virtud, el rencor o la desgracia. El perezoso conoce el apellido y le hace encontrar la fórmula para engañar a la pereza, despistarla, ocultarla. El honor, el deseo, la fama, la necesidad, la virtud, el rencor o la desgracia prenden el cohete que impulsa la actividad del perezoso.
Para que produzcan su efecto, es necesaria la perfecta compatibilidad del impulso apellidado con el alma, porque, según como sea ésta, el impulso presentará una intensidad diferente. En almas benéficas el rencor no arranca el motor. Sí lo consigue la fama en las almas vanidosas o el deseo en las almas insatisfechas.
Hay una excepción. Existe un tipo de impulso que casa con todas las almas. De todos los apellidos que tiene el impulso, el más huracanado es el que empieza por “a” y termina por “mor”.
Sí. El amor tiene la virtualidad de provocar en el bípedo humano comportamientos de enorme importancia. El amor provoca el misticismo, el amor puede generar vida nueva, por amor es posible modificar hábitos muy asentados, por amor puede traicionarse al amigo, el amor convierte en desinteresado lo que en puridad está cargado de interés, por amor se desprecia la riqueza, se destruyen imperios y se abaten muros.
Y es tan fuerte el amor, es tal el torrente de energía que despliega, es tan poderoso, que consigue vencer a la pereza de escribir.

Convocatoria primavera 2012

El Taller de Escritura Creativa de Sevilla abre periodo de inscripciones para los cursos de primavera 2012. Estas son las bases: 
  1. Podrán inscribirse todas las personas interesadas, previa consulta de los requisitos explicitados en cada curso ofertado y siempre que éstos se cubran (en ningún caso será requisito haber realizado estudios literarios, basta con saber leer y escribir en español).
  2. El periodo de inscripciones abarca hasta el domingo 25 de marzo de 2012.
  3. Los cursos ofertados son: completo (de iniciación), avanzado (para quienes tienen un proyecto literario entre manos), y juvenil (de iniciación para adolescentes de entre 13 y 17 años de edad).
  4. Las clases darán inicio entre el 26 y el 30 de marzo; se impartirán en el Salón de té DOUCHKA (c/San Luis, 46), un día a la semana, de 18 a 20 hrs.
  5. La demanda en inscripción para cada curso determinará el día de la semana en que éste se imparta. En ese sentido, es el alumno quien decide cuándo se impartirán los cursos. El aspirante habrá de poseer cierta flexibilidad horaria de manera que sea posible la concertación del grupo.
  6. La cantidad mínima para la apertura de un grupo es de cuatro integrantes. 
  7. El coordinador del taller se reserva el derecho de apertura y organización de grupos.
  8. Para inscribirse, el aspirante habrá de rellenar un formulario que encontrará en la siguiente página: http://tallerec.blogspot.com/p/inscripcion.htmlRecibirá nota de recibido a vuelta de correo.
  9. Todos los cursos de esta convocatoria tienen un costo de 200€. En todos los casos, la matrícula del curso incluye el material didáctico (en formato digital), así como un libro electrónico de regalo.
  10. Cualquier alumno inscrito podrá invitar a uno o varios amigos a inscribirse a los talleres del TEC, obteniendo para él y para su(s) amigo(s) un descuento del 10% sobre la matrícula.
  11. El pago de la matrícula será efectuado a través de un depósito bancario o en efectivo antes del inicio de clases o, a más tardar, el día mismo de inicio. Para obtener el número de cuenta o información sobre la opción de pago dividida, contactar al coordinador.
  12. Cualquier aspecto no resuelto en esta convocatoria se solucionará a través de los comentarios que sobre ella se hagan en esta entrada del blog.
Israel Pintor
Coordinador
955 23 76 44  ó 689 876 027
free_isra@yahoo.com.mx
www.facebook.com/tallerec

"Viaje en carretera", un capítulo-cuento de mi novela Las puertas del paraíso: Israel Pintor

Me complace compartir con ustedes el más reciente número de la revista mexicana Mitote, donde colaboro con un capítulo-cuento de mi primera y todavía inédita novela Las puertas del paraíso.
Ojalá que disfruten con la lectura tanto como yo disfruté escribiendo.


Cuando el gusto deja de serlo, Rodolfo Garrotín

Gusto es una palabra polisémica. Es la primera persona del singular del presente del indicativo del verbo gustar. Es, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (¡oh la Academia!), el placer o deleite que se experimenta con algún motivo, o se recibe de cualquier cosa. Es también la facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo, la manera de sentirse o ejecutarse la obra artística o literaria en país o tiempo determinado, es capricho, antojo, diversión. Qué palabra tan optimista, siempre vinculada a las cosas bellas.
Sin embargo, el gusto es, del mismo modo, el sentido corporal con el que se perciben sustancias químicas disueltas, como las de los alimentos. Qué pena. Esta acepción tiene la virtualidad de convertir una palabra tan maravillosa en otra capaz de ser relacionada con la repugnancia, el asco, las arcadas violentas o incluso el vómito.
El gusto, como sentido corporal, es voluble. Gracias al gusto disfrutamos con las ricas gambas (¡oh las ricas gambas!) o con el pringoso jamón de Jabugo (¡oh el pringoso jamón de Jabugo!).
El problema es que el gusto, como sentido corporal, puede también asomarnos al infierno. Cuando a nuestra boca acceden, voluntaria o involuntariamente, determinadas cosas que pertenecen al mundo exterior, al mundo exterior de nuestras bocas, el mismo gusto que nos hace disfrutar con las ricas gambas (¡oh las ricas gambas!) o con el pringoso jamón de Jabugo (¡oh el pringoso jamón de Jabugo!), nos hace desear la aparición de un rayo que, fulminante, caiga sobre nuestras cabezas o el advenimiento de esa luz que se ve al final del oscuro túnel y tras la cual aparece la otra vida (o no).
Amigos, el gusto es un felino perverso que puede llevarnos al deleite y, al momento, revolverse y arañarnos gravemente. Me referiré sólo a un ejemplo en el que el gusto deja de serlo porque hablar de más podría provocar que no terminara la encomienda debido a un súbito perecimiento.
Existe en el mundo una sustancia que me resulta irremediablemente desagradable. Parece inocente, todo ternura, todo candor. Hace gozar a niños y a mayores, resulta deseado como elemento lúdico e incluso se emplea como instrumento para la educación de los infantes.
Sé que lo que escribo me granjeará, en el mejor de los casos, la incomprensión del lector. En el peor, la antipatía y el desprecio. Qué le vamos a hacer. Son gajes del oficio que no me harán renunciar a mis principios.
Mi opinión sobre ella podría servir para completar el ejercicio fuera cual fuese el sentido corporal escogido. Quiero decir que odio verla, tocarla, olerla y oír siquiera su nombre. Y aunque no tiene por destino ser comida, odio saborearla.
Siempre fui un gran comilón y una persona con instinto. En la infancia, la combinación del instinto y el apetito me aproximaba a los animales de la sabana. Ahora que soy adulto trato de racionalizar esta conjunción para moderar mi comportamiento y adaptarlo al de un ser humano corriente capaz de vivir en sociedad sin sobresaltos para el resto de la humanidad.
Otra cosa es cuando era pequeño. Cuando era pequeño...
El instinto fallaba a veces. Desde que tengo uso de razón recuerdo haber ingerido todo aquello que me sugería deleite para el gusto. A veces, sin embargo, lo que por su aspecto exterior resultaba apetecible acababa siendo desagradable al paladar. Recuerdo, sin rencor de ningún tipo hacia esos objetos, haber comido pastillas de Avecrem, trozos de lápices de cera Manley y algún que otro pedazo de antipolillas blanco que descubrí envuelto en papel de periódico dentro un cajón.
La expectativa que me generaban aquellas cosas al mirarlas no se veía correspondida una vez degustada. Ello me llevaba a escupirlas, sin perjuicio de la inevitable ingestión de los restos, de la aparición de dichos restos en la parte final del proceso digestivo, para preocupación de mis padres ignorantes del origen de aquello, y del consabido mal sabor de boca que perduraba más de lo deseable a pesar de los necesarios enjuagues bucales con agua del grifo y dentífrico con sabor a menta.
Sin embargo, no les guardo desafecto. Aunque no uso Avecrem, es mejor el empleo de los caldos hechos en casa, puedo enfrentarme a él. Tampoco hay nada que me impida aceptar el contacto con los lápices de cera o el antipolillas. Puedo llegar incluso a comprarlos y usarlos sin descomponer el gesto.
Nada de ello ocurre con la protagonista de este relato. Por ella siento verdadero rencor. La odio profundamente. Deseo con todas mis fuerzas que desaparezca de la faz de la tierra.
Nunca he conseguido averiguar el origen de mi rechazo hacia ella. He acudido a terapias con los más prestigiosos psicólogos que habitan en el mundo. He cruzado la tierra en su búsqueda para someterme a diversos tratamientos que curaran mi padecimiento y consiguieran explicarme la causa de mi trauma.
Tras gastar mi inmensa fortuna en ello, ninguno de los profesionales consultados supo ofrecerme una respuesta convincente. Arruinado, tuvo que ser el párroco quien diera con la tecla. El párroco es el regente del bar que está bajo mi casa.
Tras mi último viaje en busca de la solución definitiva y frustrado por la falta de resultados óptimos, decidí tomar un vermut en la parroquia. Mi querido Gumersindo, Gumer para los parroquianos, me vio cabizbajo. Con esa prudencia que en él es característica y que le hace iniciar una conversación sólo cuando es verdaderamente necesario, me inquirió por mi pesadumbre.
Gumer le dije, no he conseguido conocer el origen de mi desgracia.
Me hizo varias preguntas y le conté toda la historia de que, cuando era un niño, me llevaba a la boca lo que parecía un manjar por mucha química que llevase. Gumer, tan perspicaz como siempre, me dijo:
Eso que te pasa se debe a que la sustancia que tanto odias no sólo tiene un sabor nauseabundo sino también una textura desagradable y de difícil deglución. Lo raro es que no fenecieras por causa de aquello.
¡Era verdad! En efecto, recordé que cuando me llevé aquello a la boca lo primero que hice fue masticarlo. Como consecuencia de ello, la incalificable sustancia quedó separada en múltiples pedacitos y, a pesar de tratar de expulsarlos, el trozo que tragué quedó en la glotis atrapado provocando una sensación de asfixia que quedó superada gracias a un último esfuerzo cuando mi rostro había adquirido color violeta.
Con todo, lo peor no fue estar tan cerca de la muerte. Lo peor fue, sin duda, que aquellos trocitos de la asquerosa sustancia que pululaban por mi boca al no poder ser expulsada quedaron incrustados en mis pequeñas muelas no obstante mis continuos enjuagues y frotamientos.
Tres días tardó en desaparecer de mi boca aquel pestilente sabor a química. Tres días en los que no paraba de pensar que, con un poco de suerte, ya estaría al menos en el limbo. Tres días interminables en los que los días no acababan y las noches eran eternas.
Tras de aquello, no volví a tener contacto con semejante cosa. Proclamé a mis padres que si volvía a ver aquello en casa mi determinación por marcharme era irrevocable. Tan firme convicción la mantuve en el colegio y, por consecuencia, no volvía a aprobar la asignatura de trabajos manuales.
[Hago un pequeño excurso (o más bien una verdadera excursión por mis recuerdos del colegio): obstinarme en mi determinación de no volver a usar esa cosa tan desagradable me costó sucesivos disgustos académicos. Llegó a emplearse tan grosero objeto, incluso, en alguna clase de geografía.
En lo que a los trabajos manuales respecta, no obstante, mi designio no cambiaba por tan insobornable decisión pues dada mi evidente falta de habilidad con el dibujo, los colores, los paneles de madera, el serrucho, el pegamento, la cartulina, el rotulador, el rotring punta fina, el compás y demás instrumentos análogos habría suspendido siempre y en todo caso la citada asignatura.]
Vuelvo al asunto que aquí me trae. He tenido conocimiento de que, por obra del ingenio humano, se ha inventado una nueva modalidad de esa cosa tan guarra: ahora la fabrican en versión comestible. Definitivamente, la humanidad no tiene arreglo.
Ni bajo la promesa de recuperar la fortuna gastada en psicólogos, ni ante la seguridad de conseguir el amor de mi musa (en el actual estado de cosas, pedirle amor es mucho; me conformaría con un minuto de su atención), ni ante la posibilidad de vivir cien años sería capaz de volver a pasar por tan horripilante experiencia.
Te desprecio, plastilina.

"Disgusto" (http://cdn.blogosfere.it/)

Cien preguntas, Rodolfo Garrotín

A) A modo de preámbulo (aunque no se pida).
Querido Israel (y digo querido Israel y no queridos todos porque no sé si esto se leerá en el primer día de taller o si quedará sólo para ti), son las 15:48 del lunes 20 de febrero de 2012 y me dispongo con toda la voluntad del mundo a cumplir con el cometido de escribir cien preguntas sobre cosas que siempre he querido saber y no sé.
He de decirte que es un cometido difícil por las circunstancias (algunas coyunturales y otras estructurales pero ninguna de ellas relacionada con que yo sepa muchas cosas o con el hecho de que sea un sabio sin dudas sobre nada) que te expongo a continuación:
1) Soy abogado y justo cuando recibí, junto con los demás participantes en el taller, la encomienda de escribir las cien preguntas me tocó preparar el interrogatorio de un presunto delincuente que se verá, precisamente, el mismo jueves en que empieza el taller (aprovecho para decirte que la declaración del sujeto comienza a las 10.30 y que se prevé larga, por lo que si llego tarde al inicio del taller será por esta circunstancia). El sumario abarca miles de folios que he estudiado concienzudamente y las preguntas que he redactado justo hasta el momento de empezar con este cometido alcanza las ochenta.
Quiere ello decir que no es la mejor semana para escribir cien preguntas adicionales sobre cosas que no sepa porque mi cabeza no da para más interrogantes. Diría incluso que por esta semana me daría por satisfecho si el presunto delincuente fuese capaz de colmar mi curiosidad (resumida en esas ochenta preguntas) sobre su presunta golfería.
2) Creo que soy algo introvertido. Esto significa que para mí escribir cien preguntas que habrán de ser leídas por ti (o, lo que es peor, por mí ante todos) es como pedirle a una decente muchacha que haga un striptease en plena calle Tetuán el día 30 de diciembre a las siete de la tarde.

"Poemas para la fuga 2" (sraelefanta.blogspot.com/)
3) Aunque llevo toda mi vida preguntándome cosas, justo hoy no me acuerdo de casi ninguna. Me ocurre con frecuencia que cuando necesito acordarme de algo me traiciona la memoria y quedo fatal. Mi memoria es así de mala gente.
4) Para colmo, tengo poca imaginación. Por tanto, no puedo acudir a ella cuando mi memoria decide dejarme en la estacada.
5) El estado de ánimo me condiciona una barbaridad. Como los últimos días, por diferentes motivos, han sido moviditos y mi ánimo oscila entre la indignación y el pesimismo, las preguntas que se me ocurren o son de poco interés o muchas de ellas casi monotemáticas por lo que, como es natural, se agotan las posibilidades de llegar al centenar de cuestiones. Comprobarás que, además, algunas de las preguntas sería más propio formularlas ante un psicólogo que en un taller de escritura creativa.
Hechas las prevenciones anteriores, paso a estrujarme el magín.
B) Vamos allá.
1) ¿Cómo se escribe un libro?
2) ¿Hace falta ser un genio para escribir algo decente?
3) ¿Escribir es cuestión de voluntad?
4) ¿Es posible vivir con ligereza sin tener problemas de conciencia?
5) ¿Cómo puede dominarse la conciencia?
6) ¿Cuál es la cantidad óptima de agua que debemos beber al día?
7) ¿Qué ocurre si nos excedemos de ella?
8) ¿Es posible desarrollar la capacidad matemática en edad adulta?
9) ¿Es posible luchar contra la desmotivación?
10) ¿Dónde pueden encontrarse nuevas formas de motivación?
11) ¿Bajará el Betis a segunda división?
12) ¿Qué será del Betis si baja?
13) ¿Por qué se produce el fenómeno del levante en la costa de Cádiz?
14) ¿Es cierto que provoca secuelas psíquicas?
15) ¿Es verdad que el yoga serena el espíritu?
16) ¿Existe alguien con el espíritu permanentemente sereno?
17) ¿Cómo lo consigue?
18) ¿Puede la razón aquietar o someter a los sentimientos?
19) ¿Cómo se hace eso?
20) ¿Cómo se vence la pereza?
21) ¿Cómo se domestica la voluntad?
22) ¿Es posible arrancarse el corazón sin dejar secuelas?
23) ¿Qué he de hacer para que el pil pil de las cocochas de merluza adquiera el volumen que observo que tienen en los restaurantes?
24) ¿Hay alguna forma dietéticamente saludable de dar espesor a las salsas sin usar maicena o machacar una patata?
25) ¿Tiene solución la crisis?
26) ¿Qué es la felicidad?
27) ¿Cómo se aprende a vivir con la soledad?
28) ¿Por qué el rechazo duele?
29) ¿Puede convivirse con el desamor sin que el estado de ánimo se vea afectado?
30) ¿Hay vida más allá de la Tierra?
31) ¿Por qué el transporte público funciona tal mal?
32) ¿Dónde hay una fuente de información fiable?
33) ¿Cómo se desarrollan las capacidades?
34) ¿Es posible cultivar una huerta en una terraza utilizando maceteros?
35) ¿Es cierto que el clima influye en el estado de ánimo?
36) ¿Qué proceso químico o de otro tipo tiene lugar para que ello ocurra?
37) ¿Cuánta población es capaz de soportar el mundo?
38) ¿Cómo funciona un teléfono móvil?
39) ¿Cómo funciona Internet?
40) ¿Cuál es la explicación de que un avión pueda elevarse del suelo y mantenerse en el aire?
41) ¿Qué interés para el ser humano tiene explorar Marte?
42) ¿Para qué sirve este ejercicio?
43) ¿Puede resucitarse a un bonsái aparentemente muerto?
44) ¿Cómo se les da color a los tejidos?
45) ¿Llegará la investigación a descubrir el secreto de la inmortalidad?
46) ¿Cómo se recomponen las relaciones personales cuando han sido severamente dañadas?
47) ¿Hay alguien que no se haya desesperado escribiendo las cien preguntas?
48) ¿Cómo se fabrica un folio?
49) ¿Cómo se fabrica la tinta de bolígrafo?
50) ¿Cómo es posible que desde que se inventase la rueda hasta que se inventó el coche haya pasado tanto tiempo?
51) ¿Cómo puede un barco de vela dirigirse a un objetivo si el viento sopla en contra?
52) ¿Qué hay que hacer para abstraerse de las emociones?
53) ¿Cuándo se inventó el jabón?
54) ¿Por qué los relojes automáticos atrasan más que los de pilas o los de cuerda?
55) ¿Por qué se cae el pelo?
56) ¿Es posible educar el oído musical?
57) ¿Es muy difícil aprender a tocar la guitarra en edad adulta?
58) ¿Es cierto que el yogur es bueno?
59) ¿Es cierto que leer con poca luz estropea la vista?
60) ¿Cómo funciona un PC?
61) ¿Es normal que a estas alturas esté cansado de escribir preguntas?
62) ¿Cuánto tiempo vive una mosca?
63) ¿Los sueños se cumplen cuando se persiguen?
64) ¿Ella me quiere?
65) ¿Entonces por qué me huye?
66) ¿Por qué se “duermen” las extremidades ante un mala postura?
67) ¿Qué ocurriría si no variásemos esa postura?
68) ¿En qué consiste exactamente el pilates?
69) ¿Es necesario este calvario?
70) ¿Queda algo por innovar en el mundo de las ideas?
71) ¿Cómo se inventaría la pasta?
72) ¿Acabaré con esto algún día?
73) ¿Es cierto que la meditación puede anular el dolor físico?
74) ¿A qué se debe eso?
75) ¿Cómo es la vida de un esquimal?
76) ¿Por qué los seres humanos se comportan de diferente modo ante los mismos estímulos según donde vivan?
77) ¿La inteligencia se desarrolla o sólo se aprende a usar la que se tiene?
78) ¿Por qué tienes miedo?
79) ¿No sería más fácil dejarse llevar?
80) ¿Eres feliz sin mí?
81) ¿Puedo yo ser feliz sin ti?
82) ¿No hay nada que yo pueda hacer?
83) ¿Cuántas me quedan?
84) ¿Todavía dieciséis?
85) ¿Me estaré volviendo loco?
86) ¿El consumo de café es nocivo?
87) ¿Por qué la carne es menos saludable que el pescado?
88) ¿Cómo funciona un congelador?
89) ¿A quién y por qué se le ocurrió pensar que el cloro mantenía el agua de las piscinas en buen estado?
90) ¿De dónde se saca el cristal?
91) ¿El valor de los diamantes reside en su tamaño?
92) ¿Y si te prometo que te querré siempre?
93) ¿Qué otra cosa lleva el cola cao que lo distingue del chocolate en polvo?
94) ¿Es cierto que la margarina es una porquería?
95) ¿Sabes que daría todo por estar contigo?
96) ¿Podrán los políticos superar el descrédito en el que han caído?
97) ¿Cómo entra la voz del cantante en el CD?
98) ¿De verdad que sólo me quedan dos?
99) ¿Hay remedio contra el dolor en el alma?
100) ¿Nunca vas a creerme?
Acabé a las 17:59 horas.