Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El auxiliar, Raimundo Lion

El auxiliar, Raimundo Lion



MANUAL INTERNO DEL CUERPO DE AUXILIARES DE TRATAMIENTOS ESPECIALES

(BORRADOR REPROBADO. EN CORRECCIÓN)
Prólogo (Nota del revisor: Un manual de auxiliares de tratamientos especiales no requiere prólogo. Y menos un prólogo como éste. Con el capítulo introductorio tiene presentación de sobra. No discuto que este agente sea el que más sabe de esto, pero por el prólogo diría es imbécil. Los capítulos técnicos son buenos. Con las correcciones señaladas valdrán. No anotamos correcciones en el prólogo porque éste simplemente ha de ser eliminado. Entero.)

            La piel, la piel humana, es el lienzo en que nosotros, los auxiliares de tratamientos especiales, creamos nuestra obra. Usted no lo es aún, lo sé, pero le trataré ya como si lo fuera, pues si ha llegado hasta aquí, si tiene este manual entre sus manos, es porque algo en usted le ha delatado como candidato idóneo para esta labor heroica. Además, muy pocos de los agentes elegidos para ingresar en el CATE han sido descartados hasta ahora. Y en realidad nadie les descartó. Ellos se descartaron a sí mismos. De vez en cuando algún candidato nos decepciona, y termina mostrándonos que nos equivocamos al pensar que habría sido capaz de compartir nuestra tarea ardua y desagradecida. La labor misma para la que se les entrena es el mejor filtro para seleccionar a los dignos de pertenecer a nuestro Cuerpo. Sólo los agentes suficientemente fuertes, generosos y leales se quedan. Estoy seguro de que ese será su caso.

            La piel humana, como le decía, es el lienzo en que un auxiliar de tratamientos especiales crea su obra. También los huesos, por supuesto, cuando es necesario, y las articulaciones, y las vísceras también. Pero sobre todo la piel, compañero auxiliar, va a ser el papel idóneo para la caligrafía especial que nosotros hemos de usar para transcribir las preguntas que el oficial irá dictando. Para que el usuario las comprenda en toda su profundidad y las conteste.

            Todos aquellos que se dedican a nuestra labor en todo el mundo -porque ha de saber usted desde ya que en todos los ejércitos y policías del mundo hay un equivalente a nuestro CATE, y si no lo hay, en cuanto las cosas se ponen difíciles, se crea- se reparten en dos grandes escuelas, que yo he sido el primero en bautizar como la escuela expresionista y la escuela impresionista, respectivamente. Los seguidores de la escuela expresionista trabajan como si tuvieran prisa. En menos de media hora sus usuarios son un pingajo sanguinolento. El oficial de turno hace sus preguntas. ¿Que el usuario no las contesta? Pues el auxiliar coge su instrumental y manos a la obra. Para cuando el usuario ofrece la primera información con sustancia ya tiene alguna juntura dislocada o le falta algún miembro, o más de un litro de sangre. Sin duda alguna el método de esta escuela funciona, no voy a negarlo; no quiero ser cicatero en el reconocimiento de las virtudes de los auxiliares de otras naciones. Pero yo me confieso partidario de la escuela impresionista, más sutil, más refinada, preciosista incluso a veces, pues deja descansar su eficacia no en el uso de las herramientas, sino en la impresión -de ahí el nombre- que puede causar en el usuario el simple hecho de mostrárselas.
            Justo en esto, en la manera de mostrar el instrumental de tratamiento al usuario, es donde este servidor, si me permite esta pequeña vanidad, ha realizado su contribución personal a esta escuela. Pues es el método habitual mostrar los instrumentos al usuario poniéndolos a su vista para que su imaginación comience a hervir. Muy pocos años llevaba yo ejerciendo como auxiliar cuando decidí introducir esta innovación. El principal motivo fue que no me gustaba trabajar cara a cara con el usuario. Va por rachas, pero hay temporadas en que las jornadas son agotadoras, porque hay tantos usuarios que las sesiones de tratamiento se siguen unas a otras sin interrupción. No puede evitar uno terminar bostezando, o sudado, y claro, eso le quita solemnidad al acto. Uno pierde en prestancia, que es muy importante ante el usuario. Por otro lado, tampoco me ha gustado nunca trabajar con la cara tapada: eso le degrada aún más a uno. Así que un día se me ocurrió mandar hacer una caperuza. Una caperuza de piel, pesada, opaca, y cegada, por supuesto, para ponerla a los usuarios, de manera que no vieran nada durante todo el tratamiento. La idea resultó un acierto brillante, pues además de servir para el fin que pretendía, mejoró muchísimo la eficacia del proceso. Los usuarios tocaban el fondo de su horror mucho antes, y eso hacía los tratamientos más cortos. ¿Que cómo conseguía entonces poner a funcionar la imaginación del usuario si no podían ver los instrumentos? Muy fácil, ellos no podían verlos, pero sí podían tocarlos. Cada vez que elegía uno se lo ponía en las manos. Para que lo palparan, para que lo estudiaran, hasta que descubrieran qué era. A veces lo sabían al instante; otras no llegaban a entenderlo por mucho que lo palparan; pero siempre, tocándolo, adivinaban los matices abominables del dolor que aquello podría causarles... ¿Qué le parece...? Los oficiales a los que tocaba trabajar conmigo, cuando observaban por primera vez mi método, ¡una novedad novísima para ellos!, quedaban maravillados. Ellos no me lo decían, naturalmente; un oficial nunca confiesa su admiración a otro hombre de menor rango. Pero yo lo notaba en sus miradas, en sus gestos[1].

            Esta escuela impresionista es heredera de la tradición antiquísima del Santo Oficio, de la que tanto hemos bebido en el CATE. Piensan los ignorantes que aquellos monjes dominicos no tenían mejor quehacer que pasar horas y horas gastando los hierros en las carnes de herejes. Ellos comprendieron antes que nadie que podían beneficiarse de un atributo sorprendente que posee la piel y los tejidos humanos todos: la capacidad de presentir con bastante precisión los matices del dolor, su agudeza o difusión, su intensidad, su insoportabilidad, el destrozo en el cuerpo que ese dolor anuncia, el desgarro de las fibras de la carne, la sequedad de los impactos de las hojas aceradas en el hueso. Quizás a primera vista esta cualidad de los tejidos del cuerpo no parezca sorprendente, pero le aseguro que lo es, porque podría decirse que es un arte adivinatoria, pues consiste en presentir, en sentir antes de tiempo, el tipo y la fuerza de un dolor que nunca antes se ha sentido. Basta con saber el instrumento y en qué zona va a aplicarse: el cuerpo lo sentirá como si ya estuviera ocurriendo. ¿Que qué ventaja suponía esto para los Santos Tribunales? ¿Pues cuál va a ser! ¡Es obvio! Que en la mayor parte de los casos no era siquiera necesario encarcelar a los sospechosos. Bastaba con regalarles una visita turística a donde guardaban los hierros para que sus invitados llegaran a sentir su piel toda lacerada, y confesaran en un segundo que eran el mismo Belcebú. ¡No me negará que cuando los sospechosos sobran esto es una enorme ventaja! Es sorprendente esta clarividencia de la piel que, sin haber sido nunca ultrajada, sabe perfectamente presentir la cualidad del dolor, atroz y singular, que causa cada uno de las diferentes técnicas motivadoras...
            Mire por dónde ya hemos llegado a uno de los temas técnicos por excelencia: las técnicas motivadoras... Las técnicas motivadoras constituyen una da las principales tipologías que debe conocer al dedillo el auxiliar profesional. Parece cosa simple pero no lo es, pues están los cortes, que pueden ser tajantes o de sierra; las quemaduras, directas de la llama o con los hierros al rojo; las electrocuciones; los golpes punzantes o los romos, que dan lugar a los tronzamientos o a las machacaduras, según se mida o no la fuerza; los ahogamientos, en agua fría o las cocciones; las mutilaciones o mochamientos... y así podríamos estar un buen rato, pues sólo he citado ahora las técnicas más socorridas, que las hay mucho más refinadas y secretas. Aún recuerdo el gemido, agudísimo, pavoroso, de un usuario, hace años, cuando le puse en la mano un rollo de cinta de embalaje. Él era de esos que son inteligentes y tardan un segundo en leer la mente del auxiliar, en presentir lo que les viene encima.
            Después está, por supuesto, la otra gran variable técnica: las particiones anatómicas del cuerpo humano, atendiendo a su distinto grado de sensibilidad al dolor. Pues no es lo mismo, por ejemplo, tronchar una articulación que el hueso mismo por la mitad, del mismo modo que no es igual aplicar los hierros al rojo en el lomo del usuario que en su partes húmedas. Comprenderá usted que siendo los dos dolores atroces, no son equivalentes en su atrocidad.
            En resumen: que todo dolor -y todo placer también, pero aquí vamos a lo que vamos- es capaz de presentirlo la piel tan pronto como conoce el cuerpo extraño que va a entrar en ella, y por dónde. Esto es lo que convierte a la piel en la mejor aliada de un auxiliar de la escuela impresionista.    
           
            Haga usted mismo la prueba. Cierre los ojos, para hacerse un poco a la idea de que es usted el usuario y tiene la caperuza puesta. El auxiliar que a usted le asiste le ordena que abra las manos  y que ofrezca las palmas abiertas hacia arriba. Usted, que está atado a la silla, obedece. Alguien, el auxiliar, ¿quién si no?, le pone un objeto extraño en una de ellas. Lo primero que va a intentar hacer usted, ¿qué cree que va a ser? Identificarlo, claro... Es duro y frío. Es metálico. Lo que usted está agarrando parece una especie de cilindro muy delgado y pulido. Algo así como un tubito fino, como de medio centímetro de diámetro. Con los dedos de las dos manos usted recorre toda su extensión. Con una separación de unos veinte centímetros, el tubito se dobla en dos ángulos rectos, como si formara una “U”. Con los dedos de cada mano usted explora los extremos de esa “U”, y se encuentra en cada punta con unas... como figuritas que parecen también de metal. Usted las estudia, palpándolas, con atención. Se adaptan bien a las yemas, parecen pequeñas llaves de grifos... no, son demasiado pequeñas... palometas, parecen dos palometas que deben de estar atornilladas a los extremos de la “U”. Solo junto a una de ellas usted toca madera. Es un mango de madera. Pero lo más inquietante está entre las dos palometas, uniéndolas, como cerrando la apertura de la “U”. Usted lo toca con las yemas de sus dedos, y no parece peligroso, pero al frotar las yemas contra eso ¡las aparta enseguida asustado! No es una cuchilla, pero usted siente que ha estado cerca de cortarse. Vuelve a palparlo, con muchísimo más cuidado. Es como un hilo grueso y duro... y serrado. Un hilo de metal con dientes minúsculos y afilados, como los de un pez. No me extrañaría que entonces, de repente, y sin saber por qué, cruzaran ahora por su mente recuerdos fugaces de sus años en el colegio, cuando era usted un niño. Y esos recuerdos le irían llevando al aula de Educación Plástica, hasta aparecer en su mente la imagen y el nombre de una segueta. La calidez de estos recuerdos durará menos de medio segundo en su cabeza. Rápidamente aparecerá el miedo como una mano fría que le hurga, sin cuidado, en las entrañas, y se le agarra al espinazo y cruelmente lo zamarrea. Porque usted, que es inteligente, comprenderá al instante que ahora no está en el colegio, y que esa segueta que tiene en las manos no está ahí para hacer una Torre Eiffel de marquetería. La mano fría que le agarra por dentro le dará una nueva sacudida, tan fuerte que sentirá  que la carne se despega de sus huesos. El auxiliar que le esté asistiendo, si es bueno, como usted ha de llegar a serlo, sabrá ver punto por punto todo esto que estará pasando dentro de su cabeza. Notará que en este momento ya le tiene poseído el miedo. Lo sabrá por sus lloriqueos, por el sudor que le estará chorreando por debajo de la caperuza, y por sus súplicas lastimosas. ¿Cree usted que no lloraría? Quizás ha visto alguna de esas películas en las que hay hombres fuertes que se enfrentan enteros al suplicio. Eso está en el imaginario colectivo. Créame, querido agente: eso nunca ocurre en la realidad. Se dice que la muerte iguala a ricos y pobres, a nobles y plebeyos. Pues yo le digo que más que la muerte iguala a los hombres el martirio. Que no hay nadie que no llore y no suplique ante el horror gratuito del dolor por el dolor. Y entonces su auxiliar, si ha aprendido todo lo que yo he de enseñarle a usted, sabrá que aún no ha llegado el momento de ponerse a serrar. Que aún el usuario, que en este caso es usted, será capaz de agrandar sin ayuda, por sí mismo, su horror. ¿Cómo? Inevitablemente, tantos segundos de silencio como a usted le dejen, cegado por la caperuza, con la segueta en las manos, encorreado a la silla, será para usted inevitable dedicarlos a intentar adivinar qué parte de su cuerpo elegirá el auxiliar. Y justo aquí, querido amigo, es donde entra en escena esa virtud de la piel que nos es de tanto provecho en nuestro trabajo. Tan pronto como a usted se le antoje en qué zona de su cuerpo le aplicarán la segueta, usted será capaz de sentir justo ese dolor, como si ya antes lo hubiera vivido... ¡Dígame usted un lugar! ¿Dónde se le ocurre a usted que su auxiliar querría serrarle? ... Por ser usted quien es, pondré un ejemplo con poca saña. Pongamos que en medio de su horror usted intuye que el auxiliar querrá serrarle un meñique. Tan pronto como se le ocurra, empezará a sentir cómo el hilo escalofriante de la segueta, como una mariposa de las tinieblas, se posa en la raíz de su meñique. Su auxiliar no le va a preguntar el de qué mano le importa menos. (Se lo digo yo que no se lo va a preguntar.) Cogerá el que tenga más cerca, y aplicará la segueta en el sitio. El fino hierro apretará su carne hoscamente contra la dureza del hueso. El horror de verdad comienza. Ningún grito por fuerte que sea le salva del dolor atroz de los dientes de la segueta entrando, desde el primer envite, en el hueso de su falange. La piel de ese sitio es tan delgada, y la carne tan poca, que con el primer movimiento ya le estarán serrando el hueso. Sabe usted que será un dolor agudo, seco, intermitente, localizado y sin consuelo. Y que usted sentirá que no es capaz de soportarlo. Y rogará por que acabe, aunque ello le traiga la prueba de que tiene un dedo menos... ¿Qué me dice, agente? ¿Ha presentido o no cómo sería, más o menos, el dolor que sentiría si le aplicaran este tratamiento?

            Para que todo vaya bien es muy importante la inteligencia y la sensibilidad. Que un usuario no tenga inteligencia ni sensibilidad es lo peor que puede pasarnos. Y sobre todo, es lo peor que puede pasarle a él. Éstos son los casos en que el usuario va a perder más sangre. Es más, este tipo de usuarios casi nunca regresa a casa. Los ves venir. Ni siquiera cuando les pones la caperuza parecen darse cuenta del tratamiento que les espera. Estos son los usuarios que te amargan el día. Porque el buen técnico de tratamientos especiales, el de tipo impresionista quiero decir, sabe que su éxito se mide por cuántos de sus usuarios se van de nuevo a casa sin pasar por el hospital, sin pasar por la enfermería, sin una sola gota de sangre en la camisa incluso. Puede ser que se marchen con la ropa interior manchada, pero eso no podemos reprochárnoslo, porque no está bajo nuestro control.

            Saber todo esto tiene su precio: la dedicación, el estudio sobre el terreno -no hay mucho escrito sobre esta materia-. Pero adherirse a la escuela impresionista tiene también ventajas incuestionables. La más obvia ya la he referido: el ahorro de energía, de tiempo y de celdas. Mas también tiene otras, y las más importante es ésta: Cada usuario que usted no mutile, cada usuario que usted no mate, es un usuario que volverá a su casa, al seno de nuestra sociedad, pero ya para siempre poseído por el miedo, subyugado por el horror, y nuestra Nación podrá estar segura de que si era un traidor nunca más volverá a serlo, y si no lo era, nunca caerá en la tentación. Será sin duda un peón para nuestra causa al que el terror no dejará nunca sublevarse contra ella. Así, el gabinete en que usted trabaje será como una planta depuradora de la sociedad, en la que entren los ciudadanos con la mancha de la sospecha y salgan de nuevo limpios a nutrir nuestra Nación.

            A lo largo de su vida, estimado colega, escuchará muchas veces, en televisión, en películas, en conversaciones de gente que hablará junto a usted sin saber quién usted es, que las personas como nosotros son monstruos, lo peor de lo peor, la escoria de este mundo. Bien. Pues atienda usted: ¡Nunca se achante cuando escuche esto! ¡Nunca dude que usted es necesario! No le estoy pidiendo que no flaquee. Si durante algún tiempo tiene dudas, dude. Si siente culpa, siéntala. Si siente a veces vergüenza, sopórtela. Pero nunca deje de cumplir su misión, porque sin alguien único como usted, capaz de realizarla, la Nación estará perdida. No reniegue nunca -dentro de su propia conciencia quiero decir, por supuesto- de lo que usted hace, de lo que usted es. Las personas como nosotros somos cruciales para que se realice el curso de la Historia. Por la grandeza de lo que hacemos, el nombre que se nos ha reservado, “auxiliares”, nos queda pequeño; pero nosotros no somos hombres que busquen medallas. Somos hombres completos, que sabemos, sin necesidad de reconocimiento, que nuestra labor es esencial. Sepa y recuerde que las personas como nosotros no es que sean necesarias, es que son indispensables. El oficial entrevistador con el que usted colabora ¡no es nada sin usted!, ¡no conseguiría nada sin usted! El Ejército ¡no es nada sin usted! ¡La Nación misma que lucha contra sus enemigos no es nada sin usted! ... ¿Le parece a usted que exagero? ... Sí, ¿verdad? ... Dígame, estimado colega: ¿de qué cree usted que dependen la seguridad y el progreso de la Nación? ... De las decisiones que toma. ¿Y en qué cree que se fundamentan las decisiones acertadas? ... En información, por supuesto, en información útil, información sustanciosa. ¿Y de dónde cree que sale esa información? ¿Del Instituto Nacional de Estadística? ¿De las eminencias del Consejo de Estado? ¿De los asesores ministeriales? ¿De los analistas políticos que consiguen credenciales para asistir y olisquear en los congresos de los partidos o en las cumbres internacionales? En tiempos de paz quizás baste eso. Pero en tiempo de guerra, que es realmente el tiempo que cuenta para la Historia, el tiempo en que se juega el sino de la Nación, la información realmente relevante es la información que se arranca al enemigo. Y crea usted que arrancar esa información no es fácil, es una tarea titánica, porque el enemigo está en todas partes. Porque está el enemigo de fuera, pero está también el enemigo de dentro, que está a su lado, en la calle, en el metro, en el cine, en el trabajo mismo, y sabe todo sobre usted, todo de nuestra Nación. Y es por eso, que en realidad no hay tiempo de paz, que siempre estamos en guerra. No lo olvide: siempre estamos en guerra, y sólo gracias a servidores como usted y como yo, y gracias a lo que sabemos sobre la piel, sobre la piel de los otros, ganaremos esa guerra.

                        Sargento H. F.
Responsable de Formación del CATE
   


LECCIÓN I.
EL PAPEL DEL AUXILIAR DE TRATAMIENTOS ESPECIALES EN EL ORGANIGRAMA GENERAL DEL SERVICIO DE INTELIGENCIA

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[1] En este taller yo no le obligaré a que se sume a esta variante impresionista de la caperuza, porque no quiero parecerle pretencioso. Pero sepa usted que, si le parece buena la idea -y hasta ahora a todos los nuevos auxiliares se lo ha parecido- le daré todas las facilidades para que aprenda a ponerla en práctica. Y además se le regalará la caperuza. Una exactamente igual a la original.