Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: La hierba embaucadora, Alejandro Martínez Jiménez

La hierba embaucadora, Alejandro Martínez Jiménez

Era una noche muy agitada para los empleados de “la espada cantora”; la taberna estaba a rebosar de todo tipo de gente, que cantaba y bailaba sin parar de beber.
Drancos miraba fijamente su jarra de cerveza de buena cebada que le había costado tres monedas de plata, debía aprovecharla bien, pues ya se había gastado todas las ganancias de su último trabajo. Fue a dar un trago cuando algo le golpeó la espalda y provocó que del sobresalto derramara más de la mitad de su tan preciado líquido. Se presentó ante él Kaziak, a quien no tenía en muy alta estima.
¿Pero qué tenemos aquí?, el gran Drancos, héroe de las tierras del norte dijo Kaziak sentándose frente a él.
Hoy no estoy de humor, piérdete contestó con desagrado y bebió.
Tengo noticias que podrían interesarte le dijo en voz baja.
¿Sobre qué? el desinterés de Drancos era casi palpable.
Una hierba llamada “hoja de Kadra”, indescriptible sabor y efectos que te transportan a la dimensión de los mismísimos dioses. La joya de la corona para quienes nos gusta más la pipa que la espada hablaba con entusiasmo.
¡Mientes!, como siempre.

Drancos sacó su pipa y una pequeña bolsa de piel donde guardaba las hierbas que fumaba; se sentía incómodo y observado por Kaziak. Limpió levemente el orificio donde se colocaba la hierba, después abrió su bolsita de cuero, y para su desagradable sorpresa no quedaban hierbas que fumar,  ni dinero para comprar.
Cuéntame más, y espero que sea verdad o te cortaré las orejas dijo seriamente.
Sólo crecen de noche, a la luz de las lunas, pero solo yo sé la ubicación Kaziak comenzó a reír, pues no pretendía decirle el lugar bajo ninguna circunstancia.
Así que las quieres todas para ti, y cuando te canses de fumar y te quedes inútil comenzarás a vender dijo Drancos furioso.
¡Vaya, has descubierto mi plan secreto! Continuó riendo sin cesar.
Maldito imbécil, no pienso comprarte nada Drancos terminó la conversación y siguió bebiendo.
Tampoco pretendía venderte nada a ti Kaziak se levantó triunfante de su asiento y se dirigió hacia la barra a pedir una pinta.
Drancos lo miró con desprecio y desamparo, deseaba saber dónde crecía la hierba pero no sabía cómo, hasta que un oportuno suceso cambió el curso de la situación.
Avistó sobresaliendo del cinto de Kaziak una cruz de plata con el emblema del león de luz utilizado por los monjes para expulsar a los demonios y a otras fuerzas oscuras. Kaziak no era precisamente un creyente. Drancos se levantó rápidamente, le susurró unas palabras a una cortesana que se encontraba bailando y después se dirigió hacia él.
Tienes miedo de algo  dijo Drancos con intención de provocarle.
No pienso contarte nada, déjame Comenzó a beber de la pinta.
¿No serán los muertos? Drancos insistió.
Tus esfuerzos son en vano. Déjame tranquilo o tendré que pegarte unos azotes Kaziak evadía a Drancos con nerviosismo.
Le quitó sutilmente la cruz del cinto con un rápido y habilidoso movimiento de manos, Drancos era entre otras habilidades experto ladrón.
Las buscaré yo mismo se retiró guardándose cuidadosamente la cruz en un bolsillo.
Suerte, si es que consigues algo se despidió Kaziak, jarra en mano.
¿Sabías que los monjes del león de luz hacen peregrinaciones para purgar los cementerios de los muertos vivientes? comentó Drancos antes de irse de la taberna; Kaziak dio un sorbo a la cerveza con nerviosismo—. ¿Cómo podrán quitarse de encima a tan horripilantes criaturas?
Drancos salió de la taberna rápidamente.
La cortesana enviada por Drancos comenzó a engatusarlo con besos y caricias hasta convencerle. Buscó él en sus bolsillos y sólo entonces echó en falta la cruz en su cinto.
¡Maldito hijo de perra! gritó enfurecido.

Drancos desmontó de su caballo y observó el tétrico lugar, olía a muerte y putrefacción. Se adentró empujando las verjas que carecían de cadenas, pues nadie había pisado en mucho tiempo aquel camposanto. Los árboles yacían algunos en el suelo, podridos y llenos de gusanos, y otros a punto de caer con ramas rotas y sin vida alguna.
Caminaba sigilosamente, cruz y espada en manos atento a los gemidos que escuchaba cada vez más cerca de su posición. Me huelen los hijos de..., pensó. Se sobresaltó al oír golpes en el subsuelo, justo en la retaguardia, vio cómo una mano putrefacta se abría paso a través de la tierra. Antepuso la cruz entre él y el cadáver que estaba emergiendo; y quedó asombrado al ver que era de una mujer que todavía resultaba extrañamente agradable a la vista, semidesnuda y de turgentes pechos aún en buen estado. Quedó hechizado y no era consciente de que se acercaba lentamente hacia él para devorar sus entrañas, pero ella no pudo acercarse más, pues la cruz brillaba con luz propia al sentir la amenaza de la muerta, haciéndola retroceder como si menguara su energía.
Drancos reaccionó,  continuó caminando lentamente, sorteando las lápidas y encogiendo los hombros con cada ruido sospechoso que escuchaba. Nervioso, y con todos los músculos del cuerpo en tensión llegó a un mausoleo ornamentado. Observó cómo una luz verde intermitente desprendía destellos desde el interior y atravesaba las rendijas de los portones. Le invadió la curiosidad, ¿podría ser la hierba?; se decidió a abrir los portones, y para su sorpresa, allí se encontraba, entre las grietas de las paredes del mausoleo la hierba Kadra, su extrema semejanza con la hiedra la hacía irreconocible por el día. Rápidamente arrancó varios tallos largos y se los guardó, observó risueño cómo sus pantalones brillaban intermitentemente, esta noche será grande. Dispuesto a volver por donde había venido salió del mausoleo, pero Kaziak estaba esperándole fuera, furioso y con la espada desenfundada.
¿Creías que no iba a darme cuenta? preguntó Kaziak.
Pues... Drancos no supo responder.

Observó cómo detrás de Kaziak se acercaba lentamente un grupo de muertos que habían estado siguiendo el olor a carne viva humana.
Creo que tienes un grave problema a tus espaldas Drancos señaló a los nuevos amigos de Kaziak.
Miró hacia atrás y enfurecido agarró a un muerto por los brazos y lo arrojó hacia Drancos ¡Me cago en tu padre! gritó.
Drancos atravesó con la espada al muerto y con la luz de la cruz lo alejó. Kaziak se abalanzó sobre Drancos eludiendo a los caminantes  y se batieron en duelo de espadas.
¡Esa hierba es mía, me has robado la cruz! Kaziak atacó con fiereza.
¡Y tú has robado la cruz antes! Drancos le respondió.
¡Pero mira quién  lo dice, aquel que me roba delante de mis narices!

Tras varios choques de espadas, continuaron enzarzados en el terrible duelo, tanto que no se percataron de que los muertos los rodeaban. Kaziak blandió su espada con toda fuerza hacia atrás, pero notó cómo se había clavado en la cabeza de un zombi. Intentando sacar la espada del cráneo, Kaziak bajó la guardia y Drancos aprovechó la situación; le arrojó la cruz con fuerza, y le golpeó la cabeza dejándolo inconsciente. Los muertos no se le acercaron  pues yacía en el suelo con la cruz a su lado brillando con fuerza. Drancos corrió como un rayo y consiguió salir del cementerio; aún recuperando el aliento, miró si todavía sus bolsillos brillaban y en su rostro se dibujó una sonrisa que después siguió a una carcajada.