Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Otro cuento de Navidad, Juan Bullón

Otro cuento de Navidad, Juan Bullón


Cuando despertó, el dinosaurio Augusto todavía estaba allí, a su izquierda, durmiendo sobre una enorme cama. Miró a su derecha y sobre otra cama, mucho más pequeña, la repugnante cucaracha Gregorio dormía bocarriba moviendo con espasmos sus patitas. Alzó la vista arriba, al techo; en el espejo se encontró con un enorme hombre de galleta de gengibre, sonriente, ocupando el espacio de la cama donde él se encontraba.
—Joder, ¿qué hace ésta asquerosa galleta gigante encima mía? —pensó.
Se revolvió como para quitarse un peso de encima. Unos robustos brazos, marrones, planos, sin manos ni dedos, giraron violentos en el aire. Unas robustas piernas, marrones, planas, sin pies ni dedos, patearon el aire. Al momento se incorporó en la cama quedando sentado. Miró de frente, al espejo de un armario. De nuevo la gran figura de galleta de gengibre le sonreía con el  mismo rostro de alegría imbécil.
—Pero, ¿qué hace éste estúpido muñeco en  la cama? —pensó de nuevo.
Observó los brazos, estudió las piernas, ojeó su barriga; marrón. Un botón de color blanco cayó sobre las sábanas. Una lágrima resbaló de un ojo. La sonrisa: eterna.
—¡DIOOOS! —gritó Jacinto.
El dinosario Augusto despertó.
—¿Qui-én o-sa rom-per mi ben-di-to su-e-ño? —dijo con la voz ronca, entrecortada y muy ralentizada.
La cucaracha Gregorio despertó.
—¡Comida, comida, comida! —cuchicheó acelerada con su voz metálica y aguda, removiendo inquieta todas las patitas. Dio media vuelta, batió las alas, voló y aterrizó en el suelo. Rodeando la cama de Jacinto se dirigió hacia el dinosaurio.
—¡Nooo! ¡Vete, cucaracha! ¡Vete de mi vista! ¡No te soporto! —berreó el dinosaurio mientras se ponía de pie sobre una cama que a duras penas aguantaba su peso.
—¡Comida, comida, comida! —repitió la cucaracha.
Jacinto con los ojos húmedos y sonriendo observaba la escena.
—¡Eh!, ¿quiénes sois vosotros?, ¿qué hacéis aquí?, ¿qué lío es éste? —gritó.
Ambos, dinosaurio y cucaracha, giraron la vista hacia Jacinto. Gritaron al unísono.
—¡Comida, comida, comida!
Jacinto asustado se levantó de la cama. Echó a correr hacia la puerta del dormitorio. Dos botones blancos cayeron de su estómago. La cucaracha alcanzó uno de ellos y se puso a chupar el azúcar que los cubría. Semejante menudencia no llamó la atención al dinosaurio y antes de que Jacinto pudiera salir le dio un gran mordisco a su pierna izquierda; la arrancó de cuajo. Jacinto logró asirse al picaporte de la puerta, abrirla y dirigirse a pata coja por el pasillo. El dinosaurio le perseguía. Mordió tranquilamente la otra pierna. ¡RAAAS! Jacinto se arrastraba por el suelo.
Cómo una culebra con dos brazos entró a un cuarto de baño y se dirigió al inodoro con la intención de subir por él y escapar por la ventana situada justo encima. La tapa del water estaba abierta y Jacinto trastabilló metiendo la mano en el agua. El muñón reblandeció. Pequeñísmos gránulos de color marrón cayeron al fondo del water. Sin fuerzas quedó apoyado en la tapa observando como su brazo se deshacía poco a poco. Sintió un fuerte dolor en el estómago. Era la cucaracha que comenzaba a roer su barriga.
—¡Comida, comida, comida!
El dinosaurio entró en el cuarto de baño.
—¡Maldita seas cucaracha! —gritó a la vez que levantaba su gran pata. —A mí no me  asustas más.
Pisoteó la espalda de Jacinto, aplastándole el tronco y matando a la cucaracha. Jacinto, perdió el conocimiento.
El flushh del water lo despertó. Desnortado, miró el agua rotar en remolino hacia la derecha. Cuando los laterales del water terminaron de expulsar y rellenar con agua el fondo de la taza, un trozo de cuerpo de gamba, con sus patas, y un alargado filete de pavo, sin masticar, aparecieron poco a poco por las aguas estancadas, con timidez. Jacinto observaba aturdido los restos flotantes.
De pronto, escuchó una música y giró la cabeza. Vio, por un resquicio de la puerta del cuarto de baño, sobre la pared del pasillo, una figura de neón de una mujer muy atractiva con minifalda roja y blanca, un gran saco a la espalda y un gorro de Papa Nöel. Sonreía con la boca abierta, guiñaba un ojo, iluminaba a intervalos el oscuro pasillo. Sonaba una melodía navideña.
—¿Te encuentras bien, cariño? —gritó una voz hastiada desde el fondo.
—¡Quiero más! —pensó con la sonrisa dibujándose en la cara. 

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